Hay una historia que ha mantenido en vilo a Wall Street en los últimos días. Y es el de Blue Owl Capital, que se encuentra en el centro de una fase de fuerte tensión en el mercado de crédito privado, un sector que ha crecido en los últimos años hasta alcanzar los 1,8 billones de dólares a nivel mundial.
La señal más clara se produjo la semana pasada, cuando la compañía decidió cerrar permanentemente las ventanas de reembolso de uno de sus fondos de 1.600 millones de dólares, impidiendo a los inversores retirar su capital trimestralmente como estaba previsto anteriormente. Al mismo tiempo, la empresa también empezó a vender alrededor de un tercio de los préstamos del fondo y anunció la devolución del 30% del capital a los inversores en los próximos 45 días.
La decisión llega después de meses de solicitudes de reembolso y del abandono de una propuesta de fusión con otro vehículo del grupo. Cabe señalar que en el pasado, Blue Owl tenía la libertad de limitar las recompras al 5% de los activos cada trimestre para evitar ventas forzadas. Esta vez, sin embargo, optó por una solución más rápida, afirmando que aceleraría el pago del principal.
A todo esto, los mercados reaccionaron con fuerza. La acción cayó hasta un 10% en una sola sesión y ha perdido casi un 60% en los últimos 13 meses, a pesar del crecimiento de los ingresos del grupo durante el mismo período. Una caída importante, que también afectó a otros grandes operadores de crédito privados como Ares, Blackstone y Apollo.
El contexto es delicado. El sector crediticio privado, después de años de expansión sostenida, está bajo intenso escrutinio por la calidad de las protecciones crediticias, la estructura de liquidez y la transparencia de las valoraciones. Algunos inversores recordaron analogías con la dinámica anterior a la crisis financiera de 2008, destacando el riesgo de una brecha entre la liquidez prometida a los suscriptores y la liquidez real de los activos de la cartera.