1725252008-5312937-large.jpg

La crisis energética ya no es una hipótesis sino un horizonte concreto para países frágiles como Italia, que sigue viviendo con equilibrios precarios y decisiones tardías en materia de seguridad de suministro. Mientras tanto, la economía global cambia de marcha y se desataron shocks internacionales en un continente, Europa, que parece incapaz de reaccionar con la velocidad necesaria: mientras la geopolítica se calienta, Bruselas redacta actas. En este contexto, el presidente de Confindustria, Emanuele Orsini, hizo una pregunta clara: suspender inmediatamente el Pacto de Estabilidad, como ocurrió durante la pandemia y en los meses más duros de la guerra en Ucrania. Esto no es una provocación. Es una exigencia de realismo. Si la inflación vuelve a repuntar –y todo sugiere que este podría ser el caso– Europa corre el riesgo de correr hacia el muro más rápido que los demás. Por no hablar del riesgo de estanflación, que podría surgir en vísperas de una posible recesión.
Por lo tanto, la energía sigue siendo un factor de vulnerabilidad estructural, en particular para Italia que, como era de esperar, por boca del Ministro Giancarlo Giorgetti, la convierte en una cuestión de seguridad nacional, de modo que cualquier tensión exterior se traduce inmediatamente en un aumento de los costes industriales, una erosión de los salarios y una pérdida de competitividad. Entonces el BCE ya no podrá quedarse de brazos cruzados. Si los precios se dispararan, Frankfurt se vería obligada a ajustar los tipos, con repercusiones para las empresas, las hipotecas y las deudas públicas. Una terapia que corre el riesgo de empeorar la enfermedad. No es casualidad que los mercados bursátiles ya hayan tomado posición.
Y ahí surge el eterno problema europeo: la velocidad de la crisis es siempre mayor que la velocidad de las decisiones. Bruselas sigue repartiendo viento, pequeños compromisos, soluciones a medias que sirven más para preservar los equilibrios políticos internos que para defender la economía real. Pero esta vez puede que no sea suficiente. Las empresas quieren una cosa simple: previsibilidad. Saber que durante al menos un año existe un marco estable en el que trabajar, invertir y contratar. No es un ballet de limitaciones que cambia en cada Consejo Europeo. La suspensión del Pacto de Estabilidad no sería un acto de laxitud presupuestaria, sino una medida de autodefensa económica. Sin margen de maniobra, los gobiernos nacionales seguirán paralizados justo cuando se necesitan intervenciones rápidas en energía, industria y seguridad estratégica.

La cuestión es política antes incluso económica: ¿Europa quiere ser actor o seguir siendo regulador de procedimientos? Si Bruselas sigue actuando con la cautela de un notario mientras el mundo piensa como una potencia nuclear, el riesgo es evidente. La crisis no abrumará a Europa. Será inercia.

Referencia

About The Author