Al principio sólo vemos su sonrisa. Una sonrisa burlona, casi infantil, que devora la pantalla. Mueve el teléfono ligeramente hacia atrás y sus ojos se abren tras sus grandes gafas de montura marrón. Con la cabeza apoyada cómodamente sobre gruesas almohadas blancas y el pelo gris peinado hacia atrás, parece relajada. Arreglándose un mechón suelto de su moño, repite, con su voz clara y aguda, cuánto lamenta haber perdido nuestras reuniones anteriores: “No sé si te lo dijimos, pero estaba durmiendo”.
En las últimas semanas, la artista británica más famosa del mundo se prepara para la inauguración, el 27 de febrero, de su exposición en la Tate Modern de Londres, la mayor retrospectiva jamás dedicada a ella. Más de 90 obras (pintura, vídeo, textil, neón, escultura) además de sus instalaciones, entre las más conocidas, mi cama (1998), que provocó un escándalo cuando fue presentada al Premio Turner en 1999: su cama, en la que pensó que iba a morir de dolor, y sus sábanas sucias rodeadas de botellas de vodka vacías, colillas, condones, pañuelos sucios, bragas manchadas de sangre… tantos fragmentos de su dolor tras una ruptura brutal.
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