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(Adnkronos) – Europa no necesita cambiar la ley de IA para unirse a Pax Silica, pero tal como está, corre el riesgo de comprometer su capacidad para competir en la revolución de la inteligencia artificial. Este es uno de los pasajes centrales de la rueda de prensa con la prensa europea del subsecretario de Estado estadounidense para Asuntos Económicos, Jacob Helberg, que respondió a la pregunta de Adnkronos sobre la posible necesidad de modificar las normas europeas para entrar en el nuevo club tecnológico impulsado por Washington.

Helberg viaja entre Bruselas, París, Londres y La Haya: los Países Bajos, donde tiene su sede el gigante Asml, es el único país de la UE que participó en la ceremonia Pax Silica (pero aún no ha firmado allí). “La UE no debería cambiar la ley de IA para unirse a esta alianza”, respondió Helberg a Adnkronos, aclarando inmediatamente que no había condiciones formales para la entrada. Sin embargo, añadió, “tenemos serias preocupaciones” sobre la estructura de la legislación europea: según la administración estadounidense, el efecto concreto no sería proteger a los ciudadanos, sino proteger el mercado europeo de las empresas extranjeras, lo que tendría como consecuencia frenar el desarrollo interno. Una dinámica que, según él, corre el riesgo de dejar a Europa “permanentemente rezagada” en una transformación tecnológica comparable en impacto a la revolución industrial.

Pax Silica, sobre la que Adnkronos escribió en este artículo, es la iniciativa lanzada por Estados Unidos para coordinar una red de países aliados a lo largo de la cadena de suministro de inteligencia artificial: desde semiconductores hasta minerales críticos, desde energía hasta hardware. Para Washington, se trata de una plataforma estratégica para afrontar la competencia global, particularmente con China, y al mismo tiempo una oportunidad económica concreta para los socios involucrados. En este contexto, Europa es considerada un actor clave, no sólo por su peso industrial, sino también por las capacidades tecnológicas distribuidas entre los distintos países miembros.

Helberg, respondiendo a periodistas de toda Europa, enfatizó repetidamente este punto, enfatizando que unirse a Pax Silica es “fundamentalmente de interés para Europa”, ya que permitiría “extraer valor de todos los niveles de la cadena de suministro de IA” y participar activamente en la competencia global. Sin embargo, reconoció al mismo tiempo que el proceso no sería inmediato. La Comisión Europea aún no ha obtenido el mandato de negociación de los gobiernos y Estados Unidos no tiene intención de acelerar sin abordar primero las diferencias existentes.

“Queremos hacerlo bien, sin prisas”, afirmó, citando también el acuerdo ya firmado con India sobre una agenda explícitamente orientada a promover la innovación. Es precisamente este enfoque el que Washington también desea ver en el diálogo con Bruselas: una convergencia no sólo industrial, sino también regulatoria, o al menos compatible. A este respecto, firmó también, con el embajador estadounidense en la UE, Andrew Puzder, un editorial en el Wall Street Journal.

En este contexto encaja la crítica más amplia al sistema regulatorio europeo, que va más allá de la ley de IA. Helberg mencionó explícitamente la Ley de Mercados Digitales como uno de los principales puntos conflictivos en las relaciones económicas entre Estados Unidos y la Unión Europea. Según el subsecretario, las multas impuestas a las empresas estadounidenses son “onerosas y punitivas” y corren el riesgo de absorber una parte cada vez mayor de la energía política de la relación transatlántica, desviando la atención de otros ámbitos de cooperación.

“La DMA absorbe una parte cada vez mayor de la relación bilateral”, afirmó, subrayando que sin este elemento de tensión sería posible avanzar más rápidamente en cuestiones como la seguridad de las cadenas de suministro, los acuerdos industriales y la cooperación tecnológica. Sin embargo, Helberg dejó claro que el diálogo está abierto y que es posible “definir y calmar” las diferencias, teniendo en cuenta también los contactos que mantuvo con representantes de la Comisión al mismo tiempo que la sesión informativa.

El pasaje más claro, sin embargo, se refiere al diagnóstico del estado de la economía europea. Helberg habló abiertamente de una situación crítica, calificándola de “emergencia de civilización”, haciéndose eco de las palabras del vicepresidente JD Vance, quien habló del suicidio de la civilización europea. Según él, Europa ya se habría perdido la gran ola de la revolución digital de la década de 2010 (la de las plataformas, la nube y los modelos de negocio tecnológicos) y ahora correría el riesgo de quedarse atrás incluso en la fase actual, dominada por la inteligencia artificial.

“La brecha acumulada será muy difícil de cerrar”, afirmó, explicando que no es una brecha que pueda cerrarse en unos pocos años, sino potencialmente en una generación. Pero el problema, según Washington, no es sólo económico. También es cultural y político. Helberg ha criticado lo que él llama una especie de adaptación al estancamiento, una aceptación implícita de tasas de crecimiento muy bajas en un contexto global más dinámico.

“No es sólo el estancamiento lo que nos preocupa, sino también su costumbre”, observó, hablando de un “derrotismo suave”, una forma de resignación que reduce gradualmente las expectativas. En este contexto, la regulación se considera uno de los principales factores que contribuyen a la desaceleración de la economía europea, lo que hace más difícil asumir riesgos y asignar capital privado.

Según Helberg, que nació en Francia y dice que su madre trabajó durante años en la Comisión Europea, el efecto general es visible tanto en el crecimiento (cerca de cero en un mundo que crece alrededor del 3%) como en la reducción gradual del peso de Europa en la economía global. Y, añade, las consecuencias de las políticas regulatorias no se limitan a las empresas directamente afectadas. “Las multas recaen sobre las empresas estadounidenses, pero el coste real lo pagan los ciudadanos europeos”, afirmó, en referencia al impacto en la inversión y la innovación.

A pesar del tono crítico, el mensaje general no es disruptivo. Helberg ha dicho en repetidas ocasiones que Estados Unidos quiere “una Europa fuerte” y que la cooperación transatlántica sigue siendo un pilar estratégico. Describió las negociaciones en curso sobre comercio, materias primas críticas y tecnología como “constructivas” y destacó las oportunidades que ofrece la colaboración industrial a lo largo de las cadenas de suministro globales.

Al mismo tiempo, reconoció que existen diferencias y, si no se gestionan, se corre el riesgo de ralentizar la relación. Pax Silica encaja precisamente en este espacio: por un lado como propuesta de integración estratégica, por el otro como banco de pruebas político sobre la capacidad de Europa para adaptar (o no) su modelo.

En resumen: para Washington, Europa no necesita cambiar sus reglas para ingresar a Pax Silica, pero sin una revisión más amplia de su enfoque regulatorio, corre el riesgo de no poder aprovechar plenamente las oportunidades. Y, sobre todo, mantenerse al margen de la nueva fase de la economía global. (por Giorgio Rutelli)

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