original_272432.jpg

Es una cifra alucinante. En 2024, 4,9 millones de niños morirán antes de cumplir cinco años, según un nuevo informe de UNICEF. Si miramos más de cerca, la lotería de nacimientos sigue siendo implacable: la gran mayoría de estas muertes todavía ocurren en el África subsahariana y el sur de Asia, donde crecer con buena salud aún está lejos de ser un hecho.

Las causas son tristemente conocidas: complicaciones relacionadas con la prematuridad, problemas durante el parto, neumonía, diarrea, malaria, desnutrición aguda. Muchas patologías para las que ya existen tratamientos o intervenciones sencillas y económicas, siempre que se tenga acceso a un sistema sanitario mínimo. “Ningún niño debería morir por enfermedades que sabemos cómo prevenir, pero vemos señales preocupantes de que los avances en materia de supervivencia infantil se están desacelerando”advierte Catherine Russell, directora general de Unicef ​​​​en las páginas del Guardian.

Desde 2000, la mortalidad entre los niños menores de cinco años se ha reducido a más de la mitad en todo el mundo, pero el impulso se está desacelerando claramente. Según el informe, la tasa de disminución de estas muertes ha caído más de un 60% desde 2015: la curva continúa disminuyendo, pero demasiado lentamente para esperar alcanzar el objetivo fijado para 2030 de poner fin a las muertes infantiles evitables.

Las conclusiones de la agencia de la ONU son claras: la cuestión de la financiación es central. Los recortes en la ayuda internacional y en los presupuestos sanitarios debilitan sistemas ya agotados: cuando falta dinero, se reducen o suspenden sobre todo las campañas de vacunación, la distribución de mosquiteros impregnados contra la malaria o los programas de nutrición infantil.

Un sistema sanitario al límite

A esta presión presupuestaria se suman otros factores agravantes como los conflictos armados, la pobreza crónica, el colapso de las infraestructuras o los efectos del cambio climático. En países como Somalia o Pakistán, los episodios de sequía e inundaciones agravan la desnutrición, que se convierte a la vez en causa directa de muerte y en cómplice silencioso: un niño debilitado ya no tiene reservas para sobrevivir a una infección que de otro modo sería benigna.

Sobre el terreno, las ONG describen a los trabajadores de la salud a los que se les ordena realizar milagros con casi nada. “Los recortes de ayuda provocan un aumento de las muertes evitables, amenazando la continuidad de servicios vitales incluso cuando aumentan las necesidades. Esto revierte décadas de progreso”resume una de las organizaciones entrevistadas. No se trata sólo de medicamentos: cada cierre de un centro de salud priva a un pueblo del seguimiento del embarazo, del asesoramiento nutricional o del tratamiento rápido de una infección.

Sin embargo, las palancas están bien identificadas: fortalecer la atención primaria, capacitar al personal en obstetricia y neonatología, garantizar el suministro de sales de rehidratación oral, antibióticos esenciales y acceso a agua potable sería suficiente para salvar cientos de miles de vidas cada año, insisten la OMS y UNICEF. Los ejemplos de países que han reducido la mortalidad infantil en sólo unos pocos años gracias a un fuerte compromiso político demuestran que esta plaga no es inevitable.

La relación es inequívoca. La comunidad internacional tiene las herramientas, los conocimientos y las pruebas de que estas estrategias funcionan, pero la falta de voluntad política y de financiación amenaza con descarrilar los avances logrados en las últimas dos décadas.



Referencia

About The Author