Existe una conexión entre la sociedad, la confianza y los derechos de nuestro espíritu y es visible en la realidad que todos habitamos, es decir, la ciudad. Y, como en un espejo, la transformación de nuestras ciudades en el sentido tecnológico y digital corresponde a una mutación en el sentido de confianza y percepción de nuestra mente. Este tema de actualidad es analizado en un artículo del nuevo número de la revista Vita e Pensiero: se titula Vivir en la ciudad: una cuestión de confianza y está escrito por Mark Hunyadi, profesor de filosofía social, moral y política de la Universidad de Lovaina.
La tesis de Hunyadi parte de un hecho no inmediato: la vida urbana se basa en la confianza. ¿Pero cómo, se podría objetar, cuando la indiferencia mutua domina especialmente en las calles de las ciudades? Pues bien, es precisamente la “confianza efectiva” la que nos sostiene, cada día, cuando nos arriesgamos y aceptamos “encontrarnos constantemente con extraños” y convivir con ellos. Además, esta “apuesta” es la base de nuestra relación con el mundo en general: “La confianza es una relación con el mundo – escribe Hunyadi – La confianza es lo que vivimos”. He aquí entonces la paradoja: toda esta confianza “en última instancia descansa en una relación de incertidumbre”, ya que nuestra apuesta siempre puede terminar mal.
A partir de ahora, todo el modelo se invierte en el mundo digital: la tecnología pretende no sólo “estabilizar nuestra relación física y material con el mundo, sino también nuestra relación mental y conductual, estableciendo, con parámetros técnicos, el contexto de lo que podemos hacer y no hacer”. Y todo esto está sucediendo, a nivel social, en la evolución hacia ciudades inteligentes, en las que la confianza se elimina por completo y la “seguridad automática, mecánica y técnica” ocupa su lugar. En lugar de una ciudad potencialmente peligrosa pero libre, hay una ciudad conectada pero “controladora y restrictiva”: en esencia, nuestra mente está en prisión.
Y es por eso que Hunyadi propone una “Declaración Universal de los Derechos del Espíritu Humano”, que proclama nuestro espíritu como “patrimonio común de la humanidad”. Luego, una vez establecida la ley, será necesario también formular los principios para protegerla.