de Bari
Desde el principio la vida habló mal de Gianni Riccio. Su madre murió al darle a luz, su padre nunca lo quiso y moriría al poco tiempo de cuidarlo en contra de su voluntad, dejándolo solo con su tía. Incluso el matrimonio no le sirvió de nada y se vino abajo. Sólo su carrera como presentador de televisión parecía sonreírle, hasta que… Sí, porque incluso allí, el castillo de purpurina, lentejuelas y halagos se vio desbordado por el tintineo de las esposas. Y el legendario y elogiado presentador de los altares quedó en el polvo. Al calor del baile es el último trabajo -en el sentido de más reciente- de Pupi Avati, presentado ayer en el marco del Bari Bifest. Fue inaugurado por todo el elenco que incluye a Massimo Ghini (Riccio), Isabella Ferrari (la esposa), Lina Sastri (la tía), Giuliana De Sio, Pino Quartullo, Raul Bova y la amigable participación de Bruno Vespa y Jerry Calà.
Las atmósferas son las familiares del director boloñés en el diáfano borrado de los recuerdos de un día de lágrimas, a lo que se suma la implacable obsesión por el fracaso y, en el fragor del baile, la caída de las pancartas. El mundo de la televisión, reflejo de un mercado con corazones en venta para provocar un terremoto sentimental de emociones, es una clave en la que Pupi Avati insiste con gracia y sinceridad. La historia de una denuncia que hoy rima con notas, compartidos, clics, me gusta y la emoción plástica que se filtra a través de internet o del decodificador.
Este es el destino del protagonista y de tantos Gianni Riccios de la vida cotidiana, repentinamente ignorados y olvidados no sólo por el público sino también por los aplaudidos amigos del pasado. Y el último baile concedido a la estrella en caída libre es una comida para bestias caníbales, especuladores que utilizan los sentimientos del público como control remoto de un coche de juguete para niños. Un desafío perverso en el que Avati juega con el calor de la danza que mece o, quizás mejor, se mezcla con el frío de quienes se quedan solos, con las cenizas de su propia derrota. Una catástrofe que se asemeja a una especie de fatalismo siniestro del que es imposible escapar si, a partir del caso particular de Riccio, nos extendemos a observar toda su existencia, nacida bajo la mala estrella. Un coqueteo que fue también una especulación –esta vez erótica– y un aborto fallido que preludia una vida bajo el signo del paria. Salvo un paréntesis porque hay uno para todos, lo que también es funcional al pesimismo cósmico de un colapso posterior que duele aún más.
Massimo Ghini abandona el papel de actor mostrando un rostro dramático que le sienta bien, al igual que Isabella Ferrari y Lina Sastri, que son todo menos sorpresas en la película.
Química de la pantalla grande. Avati la llamó “una película pequeña” y quizás tuviera razón. En realidad es una obra de refinada denuncia y conmovedora sinceridad sobre la fugaz duración de la felicidad y el éxito. Coraje de unos pocos.