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El primer largometraje documental de la argentina Lucrecia Martel, nuestra tierrasobre el asesinato, en 2009, del activista por los derechos de la tierra Javier Chocobar, era muy esperado por la comunidad cinéfila: allí encontraremos la atmósfera orgánica de sus ficciones – La Ciénaga (2001), La Santa Niña (2004), la mujer sin cabezay (2008) y zamá (2017) – ¿dónde ya eran evidentes los momentos oscuros del país (colonialismo, racismo, violencia)? La respuesta es sí, y el director nacido en 1966, en Salta, tardó unos quince años en crear esta conmovedora obra, que documenta el juicio (en 2018) a los tres hombres blancos acusados ​​del asesinato de Chocobar.

En 2024, durante la retrospectiva que le dedicaron en el Centro Pompidou de París, Lucrecia Martel nos habló de las dificultades que encontró para escribir nuestra tierra. No quiso dirigirse sólo a espectadores comprometidos con la causa, sino que buscó llegar a un público más amplio.

Dos años más tarde, todavía detrás de sus gafas de mariposa, con cristales ahumados, la directora recorre la larga realización de la película. “Descubrí el video de la muerte de Chocobar seis meses después de su asesinato; cinco meses después, en 2010, fui a reunirme con miembros de la comunidad de Chuschagasta”, dijo. Entonces comienza una larga compañía, con los que ella llama los “Chuschas”. Acostumbrados a los tribunales y pasillos de las administraciones, para que se les reconocieran sus derechos sobre las tierras confiscadas, han acumulado miles de documentos (reclamaciones de tierras, notas legales, etc.) que el equipo de filmación se encargó de digitalizar para consolidar el expediente.

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