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Dos agentes de policía se acercan a su colega de traje oscuro y lo conducen a la jaula de cristal del tribunal penal de Versalles (Yvelines). Ahora privado de libertad, lo hacen sentarse en un banco, desde donde escucha las motivaciones del jurado popular que acaba de condenarlo, por el asesinato de Olivio Gomes, a diez años de prisión penal y a la inhabilitación definitiva para ejercer cualquier función pública. Un resultado extremadamente raro. Como durante todo el juicio, sigue siendo imposible descifrar su rostro.

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Luego hay que observar el de su asesor, Laurent-Franck Liénard, para medir el terremoto. Sentado a un metro de su cliente, que está esposado, el abogado especializado en la defensa de las fuerzas del orden tiene una mirada de terror, esa que se aferra al vacío. Es difícil decir si escucha algo, las explicaciones del presidente del tribunal o los sollozos.

Los de los familiares de Gilles Guibert, de su pareja (aunque se había presentado soltero por un motivo que aún no está claro), pero no de su padre, que permaneció impasible después de estar ausente durante gran parte del juicio. Los de los hermanos y hermanas de Olivio Gomes, su padre, su socio, su hijo mayor, de 10 años. Luchando por encontrar las palabras, con los ojos rojos, el hijo de Olivio Gomes, Leonel, confió con amarga satisfacción: “Olivio no volverá, pero hemos limpiado su nombre. No me dije que el policía debería recibir 10, 15 o 20 años, sólo quería que fuera reconocido por el asesinato”.

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