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Roma, 16 de diciembre. (Adnkronos Health) – Con la Navidad, el calendario indica una pausa en las clases escolares, pero la calma tan deseada no llega automáticamente a la familia después de meses de agendas ocupadas, con plazos que cumplir, rabietas que gestionar y notas que recuperar. Debajo del árbol, si no te preparas adecuadamente, puedes acabar con dos semanas que tensen la relación entre padres e hijos, porque el verdadero problema no es el tiempo disponible, sino cómo gestionan ese tiempo juntos. En Italia, según una reciente encuesta comparativa realizada por el Instituto Eumetra en el marco del proyecto “Padres”, casi la mitad de los padres (47%) no se sienten a la altura de su papel educativo, un indicador de cómo el estrés, los compromisos y la carga de responsabilidades pueden influir negativamente en la percepción que tienen de sí mismos y en la calidad del tiempo que pasan con sus hijos. Una situación confirmada también por el Informe Familia CISF 2025, según el cual 6 de cada 10 italianos afirman haber sufrido ansiedad o estrés durante el último año, con repercusiones inevitables en la posibilidad de dedicar tiempo de calidad a la familia.

Entonces, ¿qué puede pasar si el tiempo de vacaciones no está estructurado conscientemente ni es verdaderamente libre? “Puede haber regresiones comportamentales en los niños (rabietas, actitudes desafiantes, celos entre hermanos) y dificultades para “desconectar” verdaderamente de la rutina, a veces ansiosa, ligada a la escuela, y el riesgo es que cuando regresen en enero estén aún más cansados, que sus resultados académicos no brillen, porque el período navideño no ha servido para recargar energías y entusiasmo”, afirma Federica Ciccanti, profesora, profesora clínica, mediadora familiar y autora de “Reglas fáciles. Padres felices (y los niños también)”, publicado por Vallardi. “Los padres, por el contrario, pueden experimentar sentimientos de culpa (“No estoy haciendo lo suficiente”), frustración (“¿Por qué mis hijos no pueden arreglárselas sin discutir?”), y agotamiento (“No quiero oír más sobre los deberes”). Tantas sensaciones que perjudican la autoestima y la capacidad de sentirse “buenos padres” y que repercuten en las relaciones familiares: la línea de comunicación se vuelve más delgada, los padres siempre hablan sólo de deberes, actuaciones y comportamientos. No se sienten escuchados, comprendidos y se comportan de una determinada manera sólo para evitar reproches y no porque comprendan la importancia de construir un diálogo sincero con mamá y papá.

Ningún padre quiere arruinar las vacaciones de sus hijos, pero no siempre sabe cómo gestionar todos esos días de vacaciones. Hay quienes llenan su tiempo de compromisos, porque quieren que no pierdan el ritmo, que no se aburran, que no pasen horas y horas aparcados delante de un videojuego y piensan que eso también es una forma de amor y protección. Hay quienes, por el contrario, sin descuidarse, “se dejan llevar” y les dejan libertad para decidir qué hacer durante el día, y muchas veces lo hacen por cansancio y porque creen que es saludable dejarles elegir, al menos cuando no hay escuela. “No hay comportamientos correctos o incorrectos. En ambos casos, lo que debería ser una oportunidad para fortalecer los vínculos familiares se convierte en una fuente de estrés, incomprensiones y distancias. No se espera que hagamos grandes sacrificios ni se nos pide que nos convirtamos en ‘padres perfectos’, sino que simplemente seamos conscientes del valor del tiempo compartido. El mejor regalo de Navidad, y a menudo el más deseado, es gratis y es el tiempo compartido”, continúa Ciccanti. “Las vacaciones no son una extensión de la escuela ni un vacío que llenar. Son una oportunidad para redescubrir que la relación entre padres e hijos es importante y que mejora cuando el tiempo es lento, lleno de escucha mutua y rituales juntos. Todavía habrá discusiones, días caóticos, momentos de impaciencia, pero invertir en el valor del tiempo vale la pena a corto y largo plazo”.

Pero, ¿cómo equilibras las tareas y la relajación? A continuación te damos 5 consejos prácticos del educador para afrontar mejor las vacaciones de Navidad en familia.

1) Negociar tareas, discutir horarios y métodos. Al involucrar a los niños en la elección de cuándo hacer sus tareas y cómo distribuirlas en los días de vacaciones, se sienten participantes activos y no sólo actores. De esta forma perciben proximidad y escucha de sus preferencias y necesidades. Si sienten que una decisión también es suya (“Me levanto temprano para hacer los deberes, así tengo la tarde libre”), es más probable que la respeten y la implementen de forma independiente y viven este compromiso de manera diferente que cuando se ven obligados a sentarse en su escritorio a las seis de la tarde después de un día de caminata (“Después de toda la diversión de hoy, ahora ve a estudiar”). Una decisión consciente y compartida prevalece sobre una obligación impuesta.

2) Ofrezca pequeños rituales que generen confianza. Crear momentos juntos sin regañar, comprobar que todo está perfecto o enseñar algo a toda costa, pero estar juntos por el simple placer de compartir tiempo es una de las formas más efectivas de nutrir el vínculo con tus hijos. Ya sea una cena sin teléfonos (ni padres ni hijos) para hablar de todo menos notas, deberes o formas de hacer las cosas, o un paseo realizado sólo por el placer de caminar uno al lado del otro, sin prisas y sin objetivos que alcanzar o, una vez más, una merienda en la que los niños lideran la conversación, nunca es una pérdida de tiempo. Este es el momento más preciado, cuando el cerebro y el corazón del niño registran sentimientos de seguridad, cuidado y amor. Se trata de pequeños rituales que generan confianza, fortalecen la conexión y hacen que los niños se sientan escuchados, más que cualquier explicación o lección.

3) Crear momentos juntos. Decir “Me gustaría pasar tiempo contigo” en lugar de “Necesitas terminar tu tarea” cambia el mensaje transmitido. En el primer caso no hay imposición, no hay juicio, no hay tarea que cumplir para merecer la presencia de los padres. Simplemente hay una propuesta de relación. Cuando los niños sienten que sus padres quieren estar con ellos tal como son, sin tener que demostrar que son como los demás quisieran que fueran, se relajan, están más dispuestos a escuchar, colaborar e implicarse. Su motivación se vuelve más fuerte que cualquier reproche o imposición. La relación entre padres e hijos no se trata de obtener un comportamiento, sino de un comportamiento para fortalecer la relación.

4) Respete la necesidad de sus hijos de “no hacer nada”. Dormir un poco más, jugar sin rumbo, deambular aburrido hasta encontrar algo que hacer por tu cuenta no son una pérdida de tiempo, sino espacios preciosos en los que el cerebro descansa, se reorganiza y encuentra su equilibrio. Cuando los padres permiten estos momentos sin vivirlos como una falta de disciplina o ceder, envían un mensaje importante: el descanso no es una recompensa, sino un derecho. Darles la libertad de aburrirse, de no actuar siempre, de tomar descansos, es enseñarles a reconocer sus ritmos, a escuchar las necesidades del cuerpo y la mente, y a construir una relación sana con la energía y el tiempo. En un mundo que nos empuja a hacer, permitirnos el lujo de no hacer es uno de los mayores regalos que un padre puede dar.

5) Hablar de las vacaciones como un “regalo compartido”, no como un descanso. Si los padres describen las vacaciones de Navidad como “semanas afortunadas en las que podemos estar juntos sin el habitual ajetreo diario”, los niños perciben que este tiempo es valioso, esperado y precioso, y su actitud se vuelve más abierta y serena. Por el contrario, cuando dicen “Ahora descansas y luego en enero volvemos a empezar con cosas serias”, el mensaje que se transmite es completamente diferente: el tiempo en familia pasa a un segundo plano frente al colegio, los compromisos y la productividad. Es como decir, aunque sea sin querer, que las vacaciones son sólo un interludio, no algo valioso en sí mismo. Experimentar las fiestas como un regalo mutuo, y no como una ruptura forzada del ritmo “real” de la vida, ayuda a los niños a sentir que la relación y el compartir valen tanto (si no más) que los resultados y las obligaciones. Es lo que da significado a los momentos que pasamos juntos y crea recuerdos duraderos.

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