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Por Michel Santi, economista

El 27 de febrero de 2026 no es una ruptura. Es una consecuencia. Al provocar la aplicación provisional del acuerdo del Mercosur a pesar de la oposición francesa, Ursula von der Leyen no hizo más que ejercer una competencia que los Estados miembros han transferido a la Unión. Lo que pasó ese día no fue un abuso de poder. Es la demostración de una potencia que Francia ayudó a construir.

Un marco que París ha ratificado

La política comercial es competencia exclusiva de la Unión Europea. La Comisión negocia el mandato. El Consejo lo autoriza. Los tratados prevén una aplicación provisional. Estos elementos son públicos, antiguos, estabilizados. Francia los ratificó. Los defendió en nombre de una Europa capaz de defenderse de las grandes potencias. Por tanto, es inexacto presentar la decisión como una sorpresa institucional. Se ajusta a la arquitectura deseada.

La ecuación francesa y sus límites

Durante tres décadas, la estrategia francesa se ha basado en una ecuación ambiciosa: aumentar la integración para existir en la globalización; mantener una influencia central en la toma de decisiones europea; preservar el control político sobre sectores sensibles. Esta ecuación funciona siempre que los intereses converjan. Se vuelve tenso tan pronto como divergen.

El Mercosur saca a la luz esta tensión. La agricultura francesa es políticamente estratégica. La industria francesa está profundamente integrada en el mercado europeo y depende de los acuerdos negociados por la Unión.

El ejecutivo francés se encontró ante un verdadero compromiso: bloquear directamente el acuerdo -con el riesgo de una grave crisis institucional y diplomática- o contener a la oposición en el registro político sin desencadenar un choque sistémico. Eligió la segunda opción.

Coherencia europea frente a ambigüedades nacionales

Emmanuel Macron defendió la idea de soberanía europea. Sin embargo, la soberanía integrada significa que algunas decisiones escapan al control unilateral del capital. No podemos esperar una Europa capaz de concluir acuerdos globales creíbles y, al mismo tiempo, considerar que un Estado debe poder suspender esta dinámica cuando el coste político interno aumenta.

La Comisión actuó según la lógica del sistema. Francia ha descubierto que ya no controla sola esta palanca. Esto no es una anomalía. Esta es la mecánica normal de una habilidad transferida.

Diagnóstico estratégico

El problema ahora está claro: Francia nunca ha definido explícitamente el límite de la soberanía que acepta compartir. Promueve una Europa poderosa, pero sin haber resuelto la cuestión central: ¿hasta qué punto acepta que esta potencia decida por ella?

Mercosur revela que la soberanía europea, cuando se vuelve operativa, deja de ser un concepto movilizador y se convierte en una limitación concreta. Este momento marca el fin de un equilibrio inestable: uno que consistía en apoyar la integración asumiendo que, en última instancia, París conservaba una capacidad de suspensión política. Esta hipótesis ya no es creíble.

Tres carriles, ninguno cómodo

A partir de ahora París ya no podrá acogerse al registro declarativo. Sólo tres carriles están abiertos.

La primera: asumir plenamente la lógica actual, aceptar que la política comercial se decide a nivel europeo y dejar de mantener la ilusión de un control nacional definitivo.

La segunda: construir explícitamente una coalición de Estados miembros para tener influencia estructural en el Consejo y regular políticamente el uso de la aplicación provisional, lo que requiere una estrategia diplomática constante y asertiva.

El tercero: proponer una revisión de los tratados destinada a reintroducir un mecanismo nacional vinculante de veto o ratificación para los principales acuerdos comerciales, aceptando el impacto que esto tendría en la coherencia externa de la Unión.

No hay un espacio intermedio duradero.

El 27 de febrero de 2026 no es un escándalo institucional. Esta es una aclaración estratégica. Francia debe ahora elegir si quiere una Europa que decida o una Europa que pueda bloquear. Y esta elección ya no es motivo de discusión.

Michel Santi es macroeconomista, especialista en mercados financieros y banca central, y escritor. Publicó “Una juventud levantina” con Edizioni Favre, prefacio de Gilles Kepel. Su cuenta de Twitter.

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