Dejemos en manos de los médicos la búsqueda de un mundo en el que ya no muramos de cáncer e intentemos construir una sociedad en la que podamos vivir con él. Una sociedad capaz de mirarla a la cara, sin bajar la mirada, sin susurrarla, sin llamarla “larga enfermedad”. Una sociedad que no reduce a los pacientes a una estadística, ni la vida a un pronóstico, y que no responde al cáncer con silencio, vergüenza o compasión avergonzada. Y nunca aceptamos que pueda costar un trabajo, un préstamo, un lugar normal.