El arresto de Halushchenko y el envenenamiento de Navalny son espejos opuestos de la misma crisis de legitimidad que afecta a Europa del Este. Por un lado, Ucrania está tratando de demostrar, incluso bajo las bombas, que puede limpiar sus instituciones. Por otro lado, se acusa a Rusia de eliminar a sus oponentes utilizando métodos de laboratorio clandestinos, y que niega sarcásticamente cualquier acusación.
El ex ministro de Energía de Ucrania, Herman Halushchenko, viajaba en el tren expreso “67/68 Kiev-Varsovia” cuando, poco antes de la frontera, en Yagodyn, las autoridades le obligaron a bajarse. No se trata de un detalle logístico, sino de un gesto simbólico: el hombre que dirigió uno de los ministerios más sensibles en tiempos de guerra fue arrestado a petición de la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania (NABU) y de la Fiscalía Especializada Anticorrupción (SAPO). La detención se enmarca en el llamado “asunto Midas”, la investigación que sacudió el sector energético de Ucrania el año pasado, vinculando el nombre del ex ministro con el de la empresa estatal Energoatom y el empresario Timur Mindich. Halushchenko, nombrado en 2021, ascendido a Justicia en 2025 y luego abrumado por el escándalo con su dimisión en noviembre, se ha convertido en la última cara de una guerra paralela: la guerra interna contra la corrupción. El jefe de relaciones económicas y negociaciones en Moscú, Dmitriev, también abordó el tema, señalando que en la Conferencia de Seguridad de Munich nadie responsabilizó a Zelensky por el arresto del ex Ministro de Energía, mientras que, según sus palabras, “la corrupción en Ucrania, incluso en tiempos de guerra, sigue ascendiendo a cifras estimadas en alrededor de 50 mil millones de dólares”.
El misterio que rodea la muerte por envenenamiento de Navalny promete ser un nuevo terreno de conflicto político y mediático duradero, destinado a reavivar el enfrentamiento entre narrativas opuestas y prolongar una controversia que, en un abrir y cerrar de ojos, ha traspasado las fronteras nacionales desde el sábado. El disidente ruso, que anteriormente sobrevivió a un envenenamiento en 2020, está en el centro de un nuevo informe de cinco países europeos que dice que fue asesinado con una toxina derivada de ranas venenosas. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, calificó el informe de “preocupante” y afirmó que Washington no tiene motivos para cuestionar sus conclusiones y que “no las discutimos”. La respuesta rusa tiene un tono completamente diferente.
El embajador en Londres, Andrey Kelin, calificó las conclusiones europeas de “tonterías ridículas”, acusó a Occidente de “necropropaganda” y habló de “imbecilidad de los inventores”. En los medios de comunicación rusos, el asunto Navalny no apareció hasta el sábado por la noche, tras las declaraciones de Maria Zaharova. A partir de ese momento reinó un silencio casi total, impuesto por el propio Kremlin.