Una potencia carnívora tiene dificultades para limitar su apetito y admitir sus limitaciones. A principios de año, apenas un año después de su regreso a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025, Donald Trump quiere hacerse con el petróleo venezolano, lanzar operaciones terrestres contra los cárteles de la droga, particularmente en México, decapitar al régimen iraní y, finalmente, adquirir Groenlandia, por las buenas o por la fuerza. Todo esto mientras se despliega más ejército a nivel nacional para ayudar a la policía a rastrear inmigrantes ilegales, particularmente en Minnesota. Este vértigo de poder preocupa a su propia base MAGA (Make America Great Again), no por cuestiones de principios o de derecho, sino de dispersión, de atención insuficiente a la vida cotidiana de los estadounidenses.
La opinión pública rechaza abrumadoramente las ambiciones de la Casa Blanca para Groenlandia. Según una encuesta de CBS-YouGov, el 86% de los estadounidenses –incluido el 70% de los republicanos– son hostiles al uso de la fuerza para tomar el control del territorio autónomo, bajo soberanía de Dinamarca. También están en un 70% en contra de la idea de una compra. Pero Donald Trump eligió la escalada comercial del sábado 17 de enero para torcer el brazo a los europeos.
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