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No es un milagro. Es una obra maestra quirúrgica, deportiva y humana. La medalla de oro de Federica nació mucho antes del comienzo: comenzó en una mesa de operaciones, entre una tibia y un peroné fracturados, un cruzado dañado, una placa y siete u ocho tornillos que mantenían unido lo imposible. “Milagro es una palabra que no me gusta”, interrumpe Andrea Panzeri, presidente de la Comisión Médica de Fisi, el cirujano que la operó en abril tras la desastrosa caída. “Es el resultado de un gran trabajo y de un gran atleta”. Dos meses de intervenciones en Milán y Turín comprimidos en un cronómetro que no concedió descuentos. “Teniendo en cuenta la fractura, era inimaginable. Si fuera una persona normal, hoy todavía estaría en rehabilitación”.

Pero no. En cambio, hay un equipo trabajando en silencio mientras el campeón mira a la cámara y agradece “a quienes han estado cerca de mí”. Detrás de estas palabras hay infinidad de nombres y cambios: J Medical elegido para garantizar continuidad y serenidad, los fisioterapeutas y entrenadores, Federico Bristot, Marco Freschi, Luca Stefanini, el personal de quirófano, Riccardo Accept, Gabriele Thiebat, el grupo hospitalario que garantizó estructuras y tiempos récord. Una orquesta tocando al unísono. ¿El momento más delicado? “Encontrar el equilibrio entre la carga a cargar y la cantidad a doblar. Los huesos tenían que sanar, los ligamentos también. La rodilla no superaba los 90 grados: ese fue el punto de inflexión”. Una segunda operación ya tenida en cuenta, luego el regreso a la pista. Con dolores, infiltraciones, un plan estudiado al milímetro. “No está al 100%, le duele la rodilla. Pero su cabeza y su capacidad de sufrir marcaron la diferencia”.

Panzeri se emociona cuando comienza el himno: admite que lloró. “Sé lo que pasó… No basta con creerlo: requiere compromiso, sacrificios, esfuerzos. Hasta el final.” Prueba de que cuando talento y equipo trabajan juntos, lo imposible aprende a doblarse.

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