Pero ¿qué pasó con Italia después de los años de auge económico? Hemos pasado del milagro que transformó a Italia de un país campesino a una potencia industrial, hasta hoy: donde un gobierno dice estar satisfecho con un crecimiento del producto y por tanto de la renta que no supera el 1% anual. Ésta es la pregunta que se hacen Pietro Modiano y Marco Onado en un folleto (pero él tenía ambiciones muy diferentes si uno de los dos autores, Onado, no hubiera muerto durante la obra) que acaba de publicar Mulino, Venti Contrari. Los dos economistas son hijos de esta cultura liberal italiana que, superficialmente, puede parecer cercana a la de los liberales clásicos. Leyendo este interesante ensayo encontramos un poco de la idea que tuvimos al ver a Gherardo Colombo participar en la presentación del libro de Sergio Cusani: es decir los protagonistas de una temporada que hablan de ella como si hubieran estado en la ventana.
Ambos eran más bien parte del establishment cultural, económico y empresarial italiano. Pero no importa; También por modestia, cada uno quizás se da poco peso en las noticias que ha vivido y en parte gobernado.
La tesis central del libro es que “quien estaba al frente de Italia era muy poco competente o poco apto para sus tareas”. El punto de inflexión se produjo en la década de 1980, cuando Italia comenzó a crecer un punto porcentual menos que el de otros países industrializados. Por otro lado, la relación deuda/PIB en esta década ha aumentado 4 veces en comparación con lo que ocurrió en los años 1960. Más deuda, menos crecimiento. Y la tasa de productividad de los italianos se está desplomando. Hasta aquí las teorías keynesianas o las ideas imaginativas actuales sobre la deuda buena. Por lo tanto, los autores cuestionan que el declive italiano haya nacido en los años 1990, gracias a la reunificación de Alemania, luego Manos Limpias y a las limitaciones europeas. Faltaba una clase dominante adecuada: no sólo políticos, sino también “una élite económica y financiera”.
Todo esto es totalmente aceptable, y los autores detallan esta larga historia que, como otros investigadores anteriores, se divide en siete fases: a partir de la posguerra. El hecho es que no logran explicar de manera convincente cómo encaja su tesis básica en el contexto del primer auge económico. De hecho, lo dicen, hablan de “un crecimiento intenso y eminentemente espontáneo”. Que luego entra en crisis. No podemos entender por qué no unen los puntos, todos presentes en su ensayo, si no es por sesgo ideológico. La ausencia de una clase dominante, cierto.
El mal uso de la deuda es cierto. El alquiler monopolista como freno, es cierto.
Tantas prerrogativas de una clase dominante que había abandonado, a mediados de los años 1960, las enseñanzas einaudianas y hayekianas de un mercado libre, con pocas reglas, impuestos bajos y evolución espontánea. La receta del boom económico, que las elites nacidas después de la guerra cancelaron, llevándonos al declive. Su activismo está evidentemente salpicado de buenas intenciones: empezando por la Note de La Malfa de mediados de los años sesenta.