Recorriendo las etapas de la vida del filósofo alemán Jürgen Habermas, fallecido ayer a los 96 años, sus estudios, sus maestros, los títulos de sus innumerables obras, nos damos cuenta con un poco de melancolía de que la época del gran pensamiento ideológico del siglo XX ha terminado. Melancolía porque la filosofía representaba un escenario político donde era vital la comparación de ideas para configurar la cosmovisión y no la búsqueda de detalles para garantizar un espacio cultural -filosófico, psicológico, sociológico, estético-.
La filosofía como cosmovisión: La filosofía siempre ha sido esto, pero hacia finales del siglo XX parecía más apropiado pasar de la visión ideológica a la interpretación, a la llamada hermenéutica que no hace compromisos políticos, que declara la muerte de las ideologías y sus conceptos metafísicos fundamentales (verdad, bondad, belleza) pero no nos dice mucho sobre lo que deberíamos haber pensado.
Jürgen Habermas tuvo la capacidad de cruzar el siglo XX al ritmo de un auténtico filósofo que quiere contarnos cómo ve el mundo, quiénes son sus compañeros de viaje y a quiénes debe evitar. Para muchos, esto parece vinculado a la famosa Escuela de Frankfurt, representada sobre todo por dos filósofos, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, que formaron a generaciones de jóvenes filósofos en ciernes: su volumen, Dialéctica de la Ilustración, publicado en 1966 por Einaudi con tapa amarilla, se había convertido en una especie de pase cultural/político para los estudiantes, y no sólo para ellos, de 68. Libro complicado, muy comprado, poco leído, muy poco comprendido. Pero el resumen de la portada fue suficiente para comprender que se trataba de hablar de Karl Marx, de la fallida revolución bolchevique transformada en terror estalinista, de criticar el capitalismo y la cultura de masas que embrutecía a la gente y destruía las condiciones para el desarrollo de la conciencia revolucionaria y la construcción de una sociedad libre.
En una conocida declaración, Marx dijo que debemos bajar a la tierra la dialéctica de Hegel y pasar de la teoría a la práctica, del pensamiento a la acción. Práctico, cómo actuar: la filosofía de Habermas se inserta en este problema para enfatizar que, si la sociedad de consumo típica del capitalismo avanzado y de la ciencia moderna amenaza con disolver la autonomía y la racionalidad del sujeto, esto no ocurre a través de la dominación del sujeto por el aparato burocrático y represivo del mando político, sino a través de la racionalidad tecnológica que reemplaza la racionalidad de la comunicación.
¿Puede el lenguaje redefinir una forma de entender la realidad, liberándonos de los mecanismos autoritarios de formación de consenso, se pregunta Habermas? ¿Puede una comunicación que vaya más allá de los modelos científicamente objetivos y esencialmente autoritarios de la tradición de la Ilustración abrir a la humanidad a un mundo de vida sin la necesaria referencia a un principio de autoridad?
La reflexión sociológica se orienta así hacia la investigación de las estructuras del lenguaje, que constituye el aspecto más original del pensamiento de Habermas. En su libro más importante, Teoría de la acción comunicativa (1981), Habermas estudia las condiciones que subyacen a toda comunicación lingüística encaminada a la comprensión. La opinión pública es una referencia esencial para comprender el grado de democracia de un Estado occidental moderno y para la legitimación misma de sus instituciones administrativas: “opinión pública” significa comunicación de consenso y disenso que depende de la forma en que se organiza la expresión de la voluntad colectiva de participación democrática.
Habermas hace una distinción fundamental entre acción instrumental y acción comunicativa: la primera es típica de lógicas políticas opresivas que tienden a reprimir el diálogo para afirmar el dominio sobre la comunicación; el segundo indica una forma de acuerdo, de unión social a través de una comunicación no coercitiva, basada en el reconocimiento intersubjetivo no violento, orientado al entendimiento.
Desde este punto de vista, resulta interesante el desarrollo del tema ético de la comunicación, cuestión que Habermas desarrolla con su amigo filósofo Karl Oto Apel. La ética del discurso toma en consideración la relación entre la lengua y el sujeto que la utiliza y define las condiciones necesarias para que cualquier comunicación lingüística tenga una comprensión racional e intersubjetiva.
Es un lenguaje que debe tener como fundamento la exactitud, la verdad, la veracidad, la inteligibilidad: si falta uno de estos componentes, el diálogo se vuelve imposible. Habermas nunca participó en un programa de entrevistas: no bromeo, explicó más de una vez su dimensión delirante.