¿Tiene algún origen la proliferación de señores de la guerra después de la Primera Guerra Mundial? Un modelo primordial que ha inspirado a líderes populares y aspirantes a autócratas, desde los luchadores de las estepas rusas hasta Mussolini.
Sabemos que Francia ha sido a menudo un laboratorio político que anticipó tendencias, crisis y crisis. La derrota francesa ante la Alemania de Bismarck en la devastadora guerra de 1870 que condujo a la Comuna y la guerra civil que siguió dejaron una marca permanente en una nación humillada. Es en este contexto donde se desarrolla la parábola de Antoine Manca-Amat de Vallombrosa, marqués de Morès (1858 – 1896), contada por Sergio Luzzatto en Il primo fascista (Einaudi, páginas 518, euro 32).
Mores, de origen mayoritariamente noble, su juventud en los colegios jesuitas, donde había un fuerte antisemitismo, luego en el ejército, donde alimentó un deseo muy fuerte de venganza contra Alemania, encarnó muy pronto muchas de las furias que luego se desarrollarían plenamente en el siglo XX. Todo ello aderezado, sin embargo, con algunas de las virtudes de un líder popular, capaz de combinar brutalidad y elegancia, tradición y retórica callejera. Aunque evidentemente nunca utilizó la palabra fascismo.
Morès se formó como supremacista blanco lejos de Francia, en las praderas del Lejano Oeste y en la jungla de Indochina, en pos del mito modernista del ferrocarril (y su negocio). Luego, de regreso a casa, se presenta como el marqués socialista de un socialismo antisionista que ve a Morès entre las personalidades ocultas detrás del caso Dreyfus. Soñaba con una alianza islámico-cristiana contra el sionismo, pero fue masacrado en las arenas del Sahara por los tuaregs a los que quería implicar en su proyecto. Nació una leyenda, negra, que con el tiempo iría ganando adeptos.
Por así decirlo, bajo la República de Vichy, en una Francia una vez más humillada, se convirtió en representante de la “carrera de los líderes, de los campeones, de los que abren el camino pagando personalmente”. Luego la historia retomó su curso y la democracia regresó, empujándolo a los márgenes de la historia.