PAGDurante décadas, la industria del automóvil ha sido uno de los símbolos triunfantes de la globalización. Los grandes fabricantes diseñaron plataformas comunes, produjeron en diferentes continentes y vendieron vehículos desde Detroit (Estados Unidos) a Shanghai, desde Wolfsburg (Alemania) a Sao Paulo (Brasil), desde Sochaux (Doubs) a Seúl. Esta era está llegando a su fin. El mercado del automóvil se está fragmentando y regionalizando, ya no según los niveles de gama o las preferencias de marketing locales, sino según opciones tecnológicas que se han vuelto irreconciliables.
Están surgiendo tres polos principales. En Estados Unidos, el regreso de Donald Trump al poder y su escepticismo climático han sonado la sentencia de muerte para las ambiciones eléctricas. El fin de las subvenciones a la compra de vehículos eléctricos anima al mercado estadounidense a centrarse en lo que mejor sabe hacer: potentes motores de combustión que impulsan los SUV pesados y otras pick-ups, sin preocuparse demasiado por las emisiones de CO₂.
China, hoy el mercado más grande del mundo, ha tomado una decisión radicalmente opuesta. El vehículo eléctrico no es una opción, sino un pilar de la política industrial, tecnológica y geopolítica. Beijing ha estructurado una cadena de valor completa y ahora tiene una ventaja competitiva incomparable. El mercado chino ha sido capaz de imponer, en un tiempo récord, sus propios estándares, sus propios campeones nacionales y una creciente capacidad exportadora.
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