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La percepción europea de Donald Trump como un líder irracionalmente inestable constituye uno de los malentendidos diplomáticos más profundos de nuestro tiempo, arraigado en una división histórica y cultural que va mucho más allá de los acontecimientos políticos actuales. Para entender por qué gran parte de la opinión pública y de la clase dirigente del viejo continente tiende a patologizar su comportamiento, hay que analizar el shock que produjo su ruptura con las convenciones de la diplomacia tradicional. Europa, modelada sobre los principios del multilateralismo y la previsibilidad, interpreta el uso sistemático de la imprevisibilidad y la provocación no como una estrategia, sino como una señal de desequilibrio. Sin embargo, una lectura más atenta revela que detrás del aparente caos se esconde la aplicación consciente de una estrategia encaminada a intimidar al interlocutor para obtener ventajas negociadoras que de otro modo le serían imposibles. Una estrategia propia de otras presidencias como, en tiempos relativamente recientes, la de Richard Nixon.

Esta interpretación irracional del comportamiento del presidente Trump surge de una profunda asincronía temporal: Estados Unidos y Europa viven hoy en épocas diferentes. La Europa contemporánea es hija de la Guerra Fría, una arquitectura política, institucional, económica y de seguridad nacida de los escombros de 1945 y fundada en la protección estadounidense y la progresiva dilución de la soberanía en organismos supranacionales. Para los europeos, este mundo nunca ha terminado porque representa la única realidad que han conocido. Por el contrario, Estados Unidos parece haber puesto fin hace tiempo al período de la Guerra Fría, ahora visto como una excepción histórica costosa y obsoleta, para reconectarse con una continuidad nacional que se remonta a la Declaración de Independencia hace 250 años.

Las políticas de Trump no son el resultado de la improvisación, sino que son consistentes con más de una tradición política estadounidense consolidada pero latente durante mucho tiempo. Su nacionalismo económico recuerda el proteccionismo de Alexander Hamilton, mientras que su escepticismo sobre las alianzas resuena con las advertencias de Thomas Jefferson. En particular, la visión del mundo de Trump recuerda una tradición que ve a su campeón en Andrew Jackson, una tradición que subordina todo compromiso internacional a un retorno inmediato para el ciudadano común, ignorando las aspiraciones universalistas que han guiado a Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Este regreso a los orígenes parece una locura a los ojos de las elites europeas porque amenaza los cimientos mismos de su orden social y de seguridad que los propios Estados Unidos ayudaron a crear en ese momento.

Incluso la ambigüedad demostrada hasta ahora respecto del conflicto ruso-ucraniano responde a una lógica muy racional de equilibrio político interno. Trump se ve obligado a gestionar una coalición electoral heterogénea, convergente en política interior y divergente en política exterior: de un lado la base jacksoniana, cansada de financiar conflictos lejanos, y del otro, la corriente wilsoniana (neoconservadora), que ve el mantenimiento de la hegemonía militar como piedra angular del patriotismo nacional.

Para intentar no perder el control del Congreso durante las elecciones de mitad de período, el presidente se ve obligado a realizar un constante acto de equilibrio retórico, alternando propuestas y amenazas hacia Rusia y Ucrania. Esta ambivalencia le permite evitar alienar a cualquiera de los dos componentes principales de su electorado y, al mismo tiempo, mantener a sus socios internacionales en un estado de incertidumbre que aumenta el peso negociador de Washington.

Lo que en Europa se califica de locura es en realidad la manifestación de un sistema político que ha decidido redescubrir su naturaleza de Estado-nación soberano, abandonando el papel de garante de un orden mundial que sus ciudadanos ya no consideran obligatorio ni ventajoso.

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