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Por Michel Santi, economista

La cuestión no es ni el tamaño de la figura ni su benignidad. Es la imposibilidad para cualquiera – ciudadano, parlamentario, analista – de acceder a una imagen fiel del riesgo en el preciso momento en que tal imagen es necesaria. Y en esta opacidad el peligro no está ni siquiera donde lo busca el debate.

Lo que dicen los números

La Autoridad Bancaria Europea ha publicado su panel de riesgos del cuarto trimestre de 2025. La exposición directa de los bancos de la UE a Oriente Medio asciende a 132 mil millones de euros, de los cuales 60,8 mil millones corresponden a Francia (46%). En comparación con los 29,1 billones de activos del sector, esto es menos del 0,5%. El CET1 alcanzó el 16,3%, los préstamos dudosos el 1,8% y los principales bancos franceses obtuvieron unos beneficios de 35.000 millones en 2025.

Considerados de forma aislada, estos indicadores son tranquilizadores. Y quienes denuncian el sensacionalismo tienen razón en un punto esencial: desenmascarar no es un riesgo. El sistema bancario europeo podría absorber pérdidas mucho mayores sin comprometer su solvencia.

Pero la cifra neta tampoco dice mucho.

La red presupone un mundo que no existe

La EBA publica las exposiciones brutas. Los bancos publican cifras netas, netas de compensación con garantías (bonos soberanos, garantías, derivados). El método es legítimo y cumple con las normas NIIF. Las diferencias son notables: para BNP Paribas la cifra pasa de 55 mil millones brutos a alrededor de 6 mil millones netos.

El problema no es el método. Está en sus suposiciones.

Lo que falta no son datos: son hipótesis. La compensación supone que los mercados operan normalmente. Deje que la garantía permanezca líquida. Que los flujos no se congelen. Que no se cierre el estrecho de Ormuz.

En una situación estresante, el valor de la garantía ya no es un precio de mercado: es una suposición.

La compensación protege contra el riesgo crediticio. Sin riesgo de liquidez.

Pero es la liquidez la que mata, rápidamente y sin previo aviso.

La única cifra que importa en tiempos de crisis (la exposición neta después de tensiones colaterales) no la publica nadie.

Misma ilusión desde el punto de vista geográfico. La calificación soberana mide la capacidad de pago en períodos de calma. No prevé una perturbación logística, ni sanciones cruzadas, ni un shock energético regional. Esto no significa que los bancos estén ignorando estos riesgos. Pero el público no tiene forma de juzgarlo.

El verdadero escándalo

El problema no es el nivel de exposición. Es la ausencia de síntesis.

La EBA publica el crudo, con retraso.

Los bancos publican en línea, según sus métodos.

La diferencia puede llegar a un factor de diez.

El resultado es un punto ciego organizado: cada uno publica una parte de la realidad, nadie la hace inteligible.

En este espacio se crean percepciones: los bancos eligen su narrativa, el regulador evita decidir, los medios simplifican. Y el debate público oscila entre el pánico y la negación.

Cuando François Villeroy de Galhau dice que la estabilidad financiera “no está en riesgo”, probablemente tenga razón. Pero una afirmación que no esté respaldada por datos verificables ya no genera confianza. Desde 2008 ya no se proclama solidez. Ella se demuestra a sí misma.

¿Qué debería existir?

El supervisor se enfrenta a un verdadero dilema: demasiada transparencia puede amplificar una crisis. Pero este dilema no justifica la opacidad actual. Por el contrario, impone una transparencia agregada, estandarizada e inteligible.

Otros lo entendieron. La Reserva Federal publica resultados detallados de sus pruebas de estrés. El Banco de Inglaterra presenta periódicamente escenarios extremos. Estos ejercicios no son en tiempo real. Son legibles, comparables, discutibles.

Europa podría hacer lo mismo.

Lo que falta no es un flujo de datos adicional, sino un resumen público: un tablero que concilie las exposiciones estresadas brutas, netas y netas según escenarios explícitos. Un documento que un parlamentario puede leer, que un periodista puede verificar, que un ciudadano puede entender.

El problema no es el encubrimiento activo. Es institucional: ningún organismo tiene el mandato de producir esta legibilidad.

El riesgo que importa

Si bien el debate se centra en los 132.000 millones, el riesgo real se desplaza hacia otra parte. La ABE lo subraya: los efectos de segunda vuelta son la principal amenaza. Una tasa de barril persistentemente alta, un crecimiento debilitado y márgenes comprimidos: estos son los mecanismos generalizados que debilitan los balances.

La próxima tensión bancaria, si se produce, no será el resultado de una cesación de pagos soberana en el Golfo. Surgirá de un tejido de empresas europeas debilitadas, cada vez más incapaces de cumplir los plazos.

Los bancos franceses son sólidos. Los datos lo demuestran.

Pero mientras esta solidez siga siendo parcialmente opaca, cualquier dato publicado se convierte en una fuente de confusión.

El problema no es el riesgo.

Esto se debe a que, estructuralmente, sigue siendo difícil de ver.

Michel Santi es macroeconomista, especialista en mercados financieros y banca central, y escritor. Publicó “Una juventud levantina” con Edizioni Favre, prefacio de Gilles Kepel. Su cuenta de Twitter.

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