El Senado celebra este año su 150 aniversario. Un siglo y medio de vida para una institución que quiere ser garante de la estabilidad republicana y central en la historia política de nuestro país.
En 2023 ingresé a la Cámara Alta con 29 años, convirtiéndose en el senador más joven de la Quinta República. En una semana todo desapareció: blusa y mochila “no lo suficientemente chic”, chándal “lo vimos por primera vez en el avituallamiento”, zapatillas deportivas “inadmisibles para la elección del presidente del Senado”. Si tenía alguna duda sobre mi diferencia de treinta años con la edad promedio de mis colegas, rápidamente se disiparon.
El Senado sigue siendo una institución donde la representación –ya sea social, generacional o de género– sigue siendo una batalla en sí misma. Con una edad media de 59 años y sólo un 20% de alcaldesas y un 36% de senadoras, la Asamblea Alta refleja sobre todo la sociología de quienes todavía pueden participar. Falta de tiempo, compensación, presión, miedo a exponerse: muchos obstáculos que mantienen una representación desigual. Eliminar estas barreras significa permitir que la democracia se fortalezca en todos los niveles del territorio.
Esta realidad también se refleja en las elecciones legislativas y simbólicas de la mayoría. Nada más llegar a la comisión de Cultura, el tono ya estaba marcado: primer texto, primera intervención y ya un símbolo: “la prohibición de la escritura inclusiva”. Salida