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Como miles de padres parisinos, leemos atentamente la entrevista concedida por Lisa-Lou Wipf, fiscal encargada de la fiscalía de menores, a Publicación el 22 de noviembre, citando quince investigaciones abiertas en 2025 por violencia sexual en las escuelas.

Estos hechos y cifras constituyen un trauma absoluto para los niños, un shock para sus familias y una herida profunda para toda la comunidad educativa.

Detrás de esta violencia inaceptable hoy se esconde otra angustia que debemos hacerles sentir: la de los padres a quienes se les dice, a veces brutalmente, que su hijo podría ser una víctima, prohibiéndoles hacer la más mínima pregunta.

En los últimos meses hemos asistido a la misma escena: equipos educativos y decenas de padres se reunieron de urgencia y siempre esta frase: “No hay nada que podamos decir que no obstaculice la investigación”.

En estas reuniones, directores, inspectores, electos locales, representantes de la ciudad o del rectorado se encuentran en una situación insostenible: enfrentarse a la ansiedad de los padres sin poder dar información ni explicaciones. Llevan una palabra que no es la suya, responsabilidad que debería recaer en la autoridad judicial.

Este silencio crea precisamente todo lo que la justicia quiere evitar: alimenta los rumores, aumenta las legítimas ansiedades de las familias, permite que florezcan las malas interpretaciones y, en ocasiones, da lugar a presiones involuntarias.

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