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Alrededor de los puestos clásicos, llama la atención otra realidad: ropa tendida en el suelo, brochetas asadas en barbacoas improvisadas, trenzas hechas en la acera… Un sinfín de vendedores ilegales aprovechan una afluencia que trasciende las fronteras de Sarcelles para buscar clientes. “Antes estaba vivo, ahora es un desastre. ¡Estamos hartos!”, afirma Dunia, que frecuenta el mercado desde hace veinte años.

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