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“Si me hacen una radiografía verán toda la tristeza acumulada en mí”. En pocos días, en el otoño de 1973, Flor Lazo perdió a su padre, dos hermanos y dos tíos paternos. A sus 65 años, todavía se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de los soldados que irrumpieron en la modesta casa de la familia a las 4 de la mañana del 16 de octubre. Comenzaron apuntando a su madre antes de ordenarle a su padre, Samuel (49), y a sus hermanos, Samuel del Tránsito (24) y Luis Rodolfo (20), que los siguieran. La pequeña Flor tenía entonces sólo 13 años. “Nunca los volvimos a ver, esta noche de terror marcó nuestras vidas para siempre”dice esta mujer con el rostro cerrado, frente a la pared de su comedor plagada de fotografías de desaparecidos.

Flor Lazo, hija, hermana y sobrina de presos desaparecidos durante la masacre de Paine (Chile), el 19 de diciembre de 2025 en Cuesta Chada, donde se descubrieron restos humanos en 1974.

El pequeño pueblo de Paine se encuentra a sólo 40 kilómetros al sur de Santiago, la capital de Chile. Tiene un récord siniestro: el de mayor número de víctimas -en proporción a la población- de la dictadura del general Augusto Pinochet (1915-2006), ocurrida entre 1973 y 1990. Entre el 13 de septiembre y el 29 de noviembre de 1973, 70 hombres, entre ellos 60 pequeños agricultores, fueron asesinados o dispersados, en este municipio que entonces contaba con 20.000 habitantes. La lista de los muertos ilustra la historia de la venganza, la de los poderosos contra quienes se habían atrevido a derribar el orden establecido. Aquí, las víctimas, sumidas en el miedo y durante mucho tiempo ignoradas por el sistema de justicia y el resto del país, han convivido con sus torturadores durante décadas.

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