Una multitud de curiosos se formó en la rotonda de Mar Mikhael, en la periferia sur de Beirut, en el límite entre el barrio desierto de Haret Hreik y el de Chiyah, donde la vida continúa. Los periodistas instalaron sus cámaras en la plaza designada para ellos por Hezbollah. Decenas de jóvenes en scooter se detuvieron frente a las barreras instaladas por activistas del partido milicia chií, uniformados de negro, algunos encapuchados, walkie-talkies en mano y pistolas al cinturón, para delimitar la avenida que conduce a la sucursal de la institución financiera Al-Qard Al-Hassan, en el distrito de Sfeir.
Como anunció en las redes sociales el lunes 9 de marzo por la mañana su portavoz de habla árabe, Avichay Adraee, el ejército israelí comenzó a bombardear las agencias de esta empresa, acusada de financiar las actividades de Hezbolá. A las 10:35 se escuchó el ruido de un avión de combate y un disparo pulverizó el edificio. Los militantes de Hezbolá disparan al aire para abrir el paso. Suenan las sirenas de las ambulancias, mientras hombres en quads traen a los heridos leves, empleados de organizaciones civiles del partido chiita que limpiaban los escombros de un edificio adyacente, bombardeado una hora antes.
Abou Ramadan, un taxista de 65 años, observa la escena con mirada impasible. Todas las mañanas espera en la rotonda a los clientes que no vendrán hoy. Dos días antes ya había presenciado el bombardeo de varios edificios cercanos a la plaza.
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