Todo pasó muy rápido. Un zumbido en el aire, una explosión y luego un recuerdo parpadeante. Marouf Blal estuvo al borde de la muerte un día como hoy de enero de 2022, en las fronteras del Sáhara Occidental. El pastor saharaui de treinta años, una figura alta, nudosa y de piel oscura, estaba al volante de un Land Rover con cuatro colegas a su lado, buscando cabras que se habían desviado demasiado hacia las posiciones marroquíes.
Sin embargo, los saharauis que se mueven en esta franja de desierto, encajados entre las fronteras de Argelia y Mauritania y el muro protector de arena construido por el ejército de Rabat -un edificio de tres metros de altura, a menudo bordeado de trincheras- se exponen a numerosos peligros que vienen del cielo. Que sean luchadores de Frente Polisario (Frente Popular para la Liberación de Saguia El Hamra y Río de Oro) o civiles leales al movimiento independentista, la amenaza acecha.
En teoría esta franja oriental se llama Sáhara Occidental “liberado”según el idioma del Frente. La realidad es más compleja. La prueba: ese día, el vehículo de los pastores fue pulverizado por un disparo de un dron marroquí mientras cruzaban un wadi seco. Marouf Blal perdió a sus cuatro compañeros. Escapó milagrosamente, los fragmentos de metal se alojaron en su pierna y en la parte inferior del abdomen.
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