A la entrada de la estación del teleférico de Soarano, en el centro de Antananarivo, el guardia encargado del control de acceso parece muy inactivo. Las palabras “Velocidad, seguridad, movilidad” que aparecen en grandes letras en la fachada del edificio parecen una promesa de otra época. La maleza ha invadido el suelo de grava de la estación, protegido por una verja alta. Por todas partes, comerciantes indiferentes instalaron sus puestos.
Ninguna cabina ha despegado desde el 25 de septiembre de 2025. La revuelta juvenil que, tras tres semanas de manifestaciones y la intervención de los militares, provocó la salida de Andry Rajoelina, también asestó el golpe final a este proyecto considerado el símbolo de los caprichos del ex presidente. En el momento de su elección, en 2019, prometió colmar, en cinco años, la brecha de desarrollo acumulada desde la independencia del país en 1960.
La introducción de un transporte por cuerdas moderno y limpio fue uno de los proyectos destinados a poner a Madagascar en el camino de la emergencia. Entregada en agosto de 2025, con dos años de retraso, por el grupo francés formado por las empresas Colas y Poma, la línea “naranja”, color emblemático de Andry Rajoelina, funcionó sólo durante algunas semanas y de forma intermitente durante 4 horas al día, debido a la falta de electricidad para alimentarla y de clientes que podían pagar un billete al precio de casi 1 euro cada uno.
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