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En la esquina de un callejón lleno de baches, el rostro helado de Hamza Kamal Jabber atrae la atención de los transeúntes. Su retrato, impreso en una placa de metal plantada en la tierra árida, custodia unas letras que, por iniciativa de los habitantes, han rebautizado este fragmento de la ciudad como “Calle de los Mártires de la Revolución de Octubre”. El 28 de noviembre de 2019, en el apogeo del levantamiento de Tishrine –un levantamiento civil liderado por un joven exasperado por la corrupción de las élites y la falta de servicios públicos– Hamza, vestido con una camiseta que decía “Necesitamos un país”, Fue en el puente Zeitoun. Justo en el centro de Nasiriyya, una ciudad históricamente rebelde de casi 600.000 habitantes que se extiende a ambos lados del Éufrates en el sur de Irak. Intentaba advertir a sus amigos del peligro inminente cuando dos ráfagas de AK-47, disparadas por las fuerzas de seguridad, le pulverizaron la espalda.

“Hamza murió instantáneamente” Abbas Kamel Jabber informa con voz tranquila, sentado erguido con su traje en un rincón de la sala de estar. Desde hace seis años, este joven activista de 28 años, empleado de una compañía petrolera, intenta que el gobierno reconozca la responsabilidad por la muerte de su hermano, así como de unas 600 personas.

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