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Por Eric Muraille, Philippe Naccache y Julien Pillot (Inseec Grande Ecole, Grupo de Educación Omnes)

El acuerdo climático de París, adoptado por 196 países en 2015, establece objetivos ambiciosos para el control de las emisiones de CO₂ con el fin de mantener el calentamiento global por debajo del umbral simbólico de +1,5°C en comparación con la era preindustrial y evitar sus efectos más catastróficos. Sin embargo, desde 2015, lejos de disminuir, las emisiones globales de CO₂ han alcanzado récords, llegando incluso a registrar en 2024 “el mayor aumento desde que comenzaron las mediciones modernas en 1957”. 2024, el año más caluroso jamás registrado, habrá dejado su huella incluso con el aumento de los desastres climáticos.

Por tanto, no sorprende que el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, acabe de declarar que el umbral de 1,5°C inevitablemente se superará en los próximos años. Las proyecciones muestran escenarios de entre +2,3°C y +2,8°C para finales de siglo, dependiendo de si los Estados mantienen sus compromisos o continúan con sus políticas actuales. Y esto sin tener en cuenta la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París y la política de “drill baby drill” aplicada por Donald Trump. En este contexto de sacrificios, la COP30 parece dominada por intentos de presentar proyectos como estrategias de lucha contra el cambio climático que sirvan sobre todo para el crecimiento de las economías nacionales de los países del Sur.