Eres romántico. Tres palabras, fue Tony Dallara. Después de los suspiros ambiguos de Consolini y Tajoli vino el terremoto de aullidos, voces fuertes, potentes y autoritarias, bajo los mil rizos Antonio Lardera infló el pecho e imitó a su padre Battista que cantaba en el coro de La Scala, por tanto de Milán. Antonio era uno de los mil muchachos del sur, Campobasso la tierra de origen, mes de junio, día 30 de 1936, de América la ola de Glen Miller y Sinatra, de nosotros, Rabagliati y el Maestro Angelini, después de la guerra viajamos entre Grazie dei Fiori y Roberto Murolo, Antonio trajo a casa su primera lira, reparó candelabros, trabajó como encargado de bombas y lavado de autos, luego herrero y barman, esto es lo que le ofreció el gran Milán de la posguerra, detrás del mostrador y entre las mesas se escuchaban voces de canciones y cantantes, las máquinas de discos reemplazaron a las antiguas de 78 rpm, Antonio cambió su nombre a Tony encantado por Tony Williams de los Platters. Los Lardera eran cinco hermanos en la casa familiar Porta Ticinese antes de mudarse a pocos metros de la sede de la Rai, en Corso Sempione, cerca del Arco della Pace se encontraba Paip’s, el salón de baile de los fabulosos años cincuenta. Antes de la discoteca, estaba el oratorio y aquí Don César tuvo la intuición, escuchándolo en las letanías y cantos religiosos, entendió que se trataba de un poco de talento y lo envió al altar como solista. Afuera de la parroquia estaba cambiando las melodías, valses y tangos según las costumbres de la época para los bailarines de té, la orquesta tocaba y Tony abrió la boca como un tiburón al punto que el director de la banda le ordenó bajar la voz – Tony, el grito aún no se hacía esperar. Desde el baile de Santa Tecla el salto fue fuerte, primero el salario, dos mil liras por noche, nada mal y luego al público que pagaba no le gustaban las letras en italiano, pedían cosas extranjeras, entonces Tony intentó cantar en inglés y aun así, Sinatra, Dean Martin, Frankie Laine y llegó la gloria, el éxito, porque su voz ya no era la de un monaguillo, así que en el 57 entró a trabajar como repartidor en Walter Gueltier Music, el jefe sentía que el chico Molisano tiene todo para triunfar, se pone ante las narices el contrato discográfico, una canapia importante que le precedió desde su nacimiento, el primer disco es Come prima, un texto que en San Remo, en el 55, no había dejado ningún recuerdo. El Scream Rock de Tony, trescientas mil copias, dominó las listas durante días, semanas y meses, Tony Dallara, debemos convencer a los críticos de que este rango, este timbre, este tono no son trucos de circo sino de un artista cantante, es cierto. La gira de Milán le hace descubrir a Celentano y Mina, Jannacci y Gaber, la canción italiana cambia de ritmo y de intérpretes, Modugno gana el derbi con Claudio Villa, el rock hace bailar a los jóvenes y como todo inmigrante italiano del Norte también llega la propuesta de Nueva York, Perry Como, el de Magic Moment, lo encuentra durante una velada mágica en el Carnegie Hall, la gran manzana es fascinante pero la patria llama, el soldado Tony responde a la llamada del Coche en Avellino y aquí, otro destino, hay un extraño camarada pianista, Franco Bacardí, La fama de Tony no está en absoluto extinguida, Ti Dirò, Ghiaccio hirviendo, Julia, Brivido blu son títulos que no necesitan presentación ni comentario.
Ahora el lavacoches y el herrero son fotografías antiguas, hay musicales, películas de cuentos románticos y música pop, los chicos del Juke Box lo ven tocando, por así decirlo, y cantando, todo hay que decirlo, con Celentano, Betty Curtis y el gran Fred Buscaglione. Y aquí está el Oscar, luego el festival, luego el año olímpico, medalla de oro en San Remo con Romantica, con Renato Rascel que, a diferencia de Tony, interpreta suavemente, casi en un susurro, la canción escrita por Dino Verde con la música del propio Rascel. Tony con esmoquin y corbata asombra al público del Salone del Casino, Enza Sampò y Paolo Ferrari son los presentadores asombrados por el éxito rotundo del gritón milanés. Al año siguiente cambió de compañeros de festival, Gino Paoli propuso Un hombre vivo, ya estamos en un aire triste (“…no sabía para qué vivía, no sabía para qué estaba…”), no fue algo para Dallara que sin embargo entendió que después del llanto o el llanto también podía estar la melodía, la voz redonda, el cambio de registro ya no lo llevó a la misma gloria, Tony se alejó, por elección propia, del mundo musical, viajó al extranjero, cantó para nuestros inmigrantes pero, imprevisiblemente, eligió la pintura como isla de su nuevo placer, pinta, expone, se dice que hasta Guttuso le felicita.
Sin embargo, apenas aparece en un programa de televisión, entre nostalgia y recuerdos, se le pregunta y se le obliga a decir: Eres romántico, hermoso niño, soy el último poeta inspirado en una estrella… y Tony vuelve a ser el de los tiempos fabulosos. A las ochenta y nueve apagó el micrófono, estoy planeando antologías y un souvenir en el próximo San Remo. Como antes, más que antes.