La lección de Roberto: en una época que premia el ruido, la sobriedad da autoridad
Alessio Gallicola
Hay una manera de ser en el periodismo -y antes incluso en la vida- que no necesita alzar la voz para ser escuchado. Roberto Arditti pertenecía a esta escuela: la de la medida, de la precisión, de la profundidad que toma su tiempo y luego llega limpia, sin defectos. En los últimos meses habíamos compartido mucho más que trabajo. “Duvets and Chains – Stories of Maranza” es un proyecto que nació casi como una conversación extendida, que luego se convirtió en un libro y finalmente en un viaje: presentaciones, comparaciones, diferentes públicos, hasta llegar también al Parlamento Europeo.
Pero, más que las etapas, lo que queda es la forma en que Roberto vivió todo. Incluso en esta obra emerge con fuerza una de sus cualidades más auténticas: la capacidad de partir de posiciones claras, incluso muy alejadas de las de los demás interlocutores, sin hundirse jamás en una oposición estéril. Como en el caso de la comparación, casi polos opuestos, con la profesora María Rita Parsi, autora del epílogo del volumen e inspiración de la serie de Armando Curcio en la que se incluye el libro. Para él, la disidencia era materia viva, una oportunidad de construcción, nunca de demolición.
Y lo que hoy llama la atención es esta coincidencia que tiene algo dolorosamente simbólico: dos inteligencias tan diferentes, tan fuertes, tan capaces de leer el presente, han desaparecido tan cerca. Da miedo, sí. Pero al mismo tiempo también devuelve una forma de esperanza: porque ambos han dejado una huella profunda, una huella que permanece en la manera de pensar, de discutir, de mirar los fenómenos complejos sin simplificarlos.
Roberto tenía una cualidad poco común: la calma nunca fue un sacrificio, sino una elección. Sabía escuchar, sopesar, soltar. Y luego intervenir. Y cuando lo hizo, realmente lo hizo. Sus posiciones eran claras, a veces incluso tajantes, pero siempre expresadas con ese inconfundible estilo británico, correcto y elegante, que nunca cedió al atajo de la polémica fácil. Era un hombre que todavía creía en el poder de las ideas bien construidas y no en los reflejos condicionados del debate.
Últimamente se percibe en él algo particular: una fase de energías renovadas, de pleno desarrollo de su inteligencia. No fue sólo una experiencia, fue un impulso. Como si todavía tuviera muchas cosas que decir, y sobre todo nuevas formas de decirlo. Esto deja, quizás más que nada, un vacío difícil de llenar. Por supuesto, quienes trabajaron con él lo extrañarán. A nosotros que tuvimos el privilegio de conocer de cerca su pensamiento, de discutir, de escribir juntos, de compartir también entre bastidores de una profesión que para él nunca ha sido más que una profesión.
Pero también faltará algo más amplio: el debate italiano, no sólo político. Lo que faltará es una voz capaz de abordar cuestiones complejas y a menudo controvertidas -defensa, rearme, energía, escenarios bélicos, tensiones profundas entre Occidente y el mundo islámico, relaciones con los Estados Unidos de América, incluso temores vinculados a los procesos de islamización de Occidente- con una rara combinación de rigor, lucidez y sentido de la proporción. Roberto Arditti manejó estos materiales con cuidado, experiencia y una extraordinaria capacidad de análisis, sin caer jamás ni en la simplificación ni en la provocación como fin en sí mismo. Y esto es precisamente lo que falta hoy y faltará: una perspectiva capaz de conciliar complejidad y claridad.
Y la familia de nuestro periódico Il Tempo también lo extrañará mucho. Roberto había sido su director y deja un recuerdo imborrable en la redacción: no sólo por el papel que ocupó, sino por la forma en que lo interpretó, con una autoridad nunca gritada y con esa rara habilidad de guiar sin imponer, de dirigir sin rigidizar. Para quienes compartieron con él estos espacios, estos ritmos, estas elecciones cotidianas, su ausencia tendrá un peso particular, hecho de recuerdos vivos y de lecciones destinadas a permanecer.
En una era que a menudo premia el ruido, Roberto Arditti nos recuerda que podemos ser incisivos sin dejar de estar sobrios. Y que es precisamente allí, en esa sobriedad, donde se construye la autoridad más duradera.