“Es con el corazón lleno de gratitud que anuncio mi retiro de la carrera que siempre soñé. Una carrera construida con mucho trabajo, sacrificios, victorias, derrotas, compañeros convertidos en hermanos, los consejos de mis entrenadores y, por supuesto, la familia y amigos que han estado conmigo en todo momento. Fue un viaje increíble, lleno de innumerables recuerdos que llevaré conmigo por el resto de mi vida”.
Así abre el mensaje social de Danilo Gallinari, anunciando su retiro del baloncesto. Veinte años de carrera, 16 en la NBA (6ª selección global del Draft 2008), cuya última temporada la disputó en Puerto Rico con los Vaqueros, conquistando como protagonista el título nacional, el primero y único en una carrera en la que la mala suerte azotó con demasiada frecuencia el talento de Sant’Angelo Lodigiano. Hay muchas fotografías icónicas de la carrera de Gallo, muchas de las cuales lo muestran vistiendo la camiseta azul: desde la legendaria actuación contra Alemania en la fase de grupos del EuroBasket 2015 hasta la dramática del verano de 2022, quizás la más simbólica. Es el verano en el que Danilo quiere ganar el título de la NBA y firma con los Boston Celtics, pero también es el verano en el que el Italbasket de Pozzecco debe vencer a Georgia para hacerse un hueco en el Mundial. Gallinari podría haberse rendido para preservarse durante la temporada; en cambio, viene a Brescia y juega, demostrando su amor incondicional por el azul. Un amor que, sin embargo, le cuesta caro: Gallinari es decisivo, como siempre, pero se lesiona la rodilla (cruz), despidiendo la temporada de la NBA en la que los Celtics llegan a la final. Angustioso.
Este es el punto de no retorno en su carrera. En el mundo tóxico de las redes sociales, Gallinari es quien “siempre eligió el contrato antes que la ambición”: una historia patética frente a quien, sin lugar a dudas, fue, en términos de talento y técnica, el jugador italiano más fuerte de todos los tiempos. Potente, elegante, astuto, cínico, total en ambos lados del campo y extrovertido con sus canastas inventadas desde cero, capaz de enloquecer a aficionados y adversarios. Gallinari siempre luchó por ganar, especialmente por la camiseta azul; se levantó donde muchos se habrían rendido y siguió avanzando incluso cuando su cuerpo ya no lo sostenía, porque el fuego nunca se apaga en el alma de un atleta.
Danilo fue dueño de su destino, pragmático en sus decisiones y fuerte ante las adversidades que muchas veces le pusieron obstáculos en el mejor de los casos.
Eso sí, qué bonito hubiera sido verlo por última vez vistiendo la camiseta del Olimpia Milano, que tiene tatuada en el cuerpo; Quizás verlo, como Melli, blandiendo los Habs frente a esta afición que siempre lo ha amado y esperado (en vano).
Es quizás el único arrepentimiento de un hombre que se despide del baloncesto con una sonrisa, con la victoria en Puerto Rico y con un último vals vestido de azul, su gran amor.