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En la tribuna, frente al inmenso techo de cristal de la pista de hielo, Stéphane, raqueta en mano, recuerda cuando llevaba a sus hijos a una sesión de tobogán. “Es la primera vez que vuelvo en veinte años”, se da cuenta de repente. Pero ya no hay hielo. Desde el 15 de septiembre, siete carriles de pádel han sustituido la masa de agua helada.

“Es una página de la historia que está pasando, es una pena para la pista de patinaje pero eso es lo que hicieron con el pádel y además es más ecológico”, observa antes de tirarse en una de las jaulas con su compañero de juego. “Empecé desde la apertura porque hay pocas pistas”, responde.

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