Derribar a Irán y paralizar a China. Este es el doble golpe con el que Donald Trump pretende infligir un nuevo KO al Dragón. Como en el caso de Venezuela, el arma también esta vez es el petróleo. Un petróleo destinado, en caso de ataque estadounidense contra la República Islámica, a convertirse en un pesado boomerang no sólo para la economía, sino también para la reputación política estratégica de la potencia china. El Dragón, acostumbrado a presentarse al mundo como el campeón del llamado “Sur Global”, se vería –por segunda vez desde principios de año– presenciando pasivamente la caída de un gobierno “amigo” decapitado por el poder militar estadounidense.
Para entender el plan “Donald”, basta con echar un vistazo a las rutas del petróleo crudo. Gracias a los 209 mil millones de barriles escondidos bajo tierra, la República Islámica controla la tercera reserva más grande del mundo después de Venezuela y Arabia Saudita. Y gracias a la extracción de alrededor de 3,2 millones de barriles por día, es también el sexto productor mundial. Pero debido a las sanciones impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea y las Naciones Unidas, el 80% de esta riqueza no encuentra otra salida fuera de China, que cubre, con estos bienes, el 14% de su consumo. Hasta ahora, ha sido un acuerdo de oro para Beijing que, gracias a la renuencia de otros mercados a desafiar las sanciones, logra apoderarse del crudo iraní a precios entre 6 y 10 dólares por barril más bajos que los precios oficiales.
Sin embargo, la diversión puede terminar. Y para ponerle fin, no es necesario conducir a la decapitación del régimen de Teherán. Una operación que corre el riesgo de resultar larga y complicada, dada la complejidad del sistema de poder iraní y de un aparato de seguridad capaz de sobrevivir a la eliminación del guía supremo Ali Jamenei y su élite político-religiosa. Para bloquear el petróleo iraní, bastaría con bombardear la terminal de la isla de Kharg. Al atacar esta terminal petrolera, Trump cortaría la vena yugular del país, paso necesario para un flujo de 7 millones de barriles por día, equivalente al 85% de las exportaciones de petróleo crudo iraní. Gracias a la absoluta superioridad aérea demostrada ya el pasado mes de junio durante la “guerra de los 12 días”, Estados Unidos podría bloquear las exportaciones de petróleo crudo iraní en menos de 24 horas. Obligar a China a comprar en otros lugares los suministros energéticos con los que cubría el 14% de su consumo. Un golpe devastador para Teherán, pero también para la economía de Pekín, que se vería obligada a soportar unos costes de producción mucho más altos, volviéndose así mucho menos competitiva en los mercados internacionales.
Pero la peor bofetada sería la político-estratégica. Después de dejar que Nicolás Maduro –presentado en varias ocasiones como un “buen amigo” vinculado por una “confianza mutua”– termine en prisiones estadounidenses, el presidente chino se encontrará ahora presenciando el ataque contra Irán.
Un país definido en el pasado como un “socio estratégico” digno de ocupar un “lugar destacado en la agenda diplomática de China en Oriente Medio”. Un verdadero paso atrás para un presidente chino que, en abril pasado, prometió “seguir garantizando ayuda” a todos los amigos y aliados del tan cacareado “Sur”.