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En el mundo actual, la carrera por las nuevas tecnologías ya no es sólo una cuestión técnica y económica, sino también una cuestión política de primordial importancia. Y mientras China busca la hegemonía global, Europa y Estados Unidos deben llevar su cooperación tecnológica al siguiente nivel.

Una línea que surge constantemente de las intervenciones de los representantes de las instituciones, de las empresas tecnológicas y del mundo de la defensa presentes en el evento Eu-Us Tech Agenda 2030 organizado por Formiche en la Cámara de los Diputados, en el que China (junto con países como Rusia e Irán, con los que China está “blindada en sus relaciones” según el senador Giulio Terzi di Sant’Agata) aparece no sólo como un competidor industrial, sino como un actor revisionista que pretende explotar la IA, la cuántica, la nube, etc. como instrumentos de poder para reescribir el orden mundial. A través de lo que Alina Polyakova, presidenta y directora del Centro de Análisis de Políticas Europeas, define como una “infraestructura digital global” con la que Beijing quiere reforzar el control sobre todo el sistema internacional, reproduciendo estos, muy alejados de las lógicas democráticas que son la base del régimen en el poder en la República Popular. De hecho, pasaríamos, para usar las palabras del asesor del embajador italiano en Washington, Roberto Baldoni, “de una tecnología de libertad a una tecnología de control”. No es sólo una competencia entre actores opuestos, sino entre visiones del mundo contrastantes. Y una derrota podría (esperemos que sea condicional) tener consecuencias dramáticas en el sistema de valores occidental.

Para evitar todo esto, continúa el representante de Cepa, los socios transatlánticos “deben pensar en términos de complementariedad” y explotar “mucho más” de lo que han hecho en comparación con sus adversarios. Y mientras el viceministro Valentino Valentini hace sonar la alarma sobre la gravedad de la situación (“La competencia con China no se puede ganar solo, ganamos juntos o no ganamos”), el vicepresidente de la Cámara Giorgio Mulè y la jefa adjunta de la misión de la embajada estadounidense Marta Costanzo Juventud evocan respectivamente la llegada de “un punto de inflexión en lo que debería ser la relación entre Europa y Estados Unidos” y la conciencia de que “una asociación entre Estados Unidos y Europa es la única manera de garantizar una verdadera independencia de China”. Pero sin dejar demasiado margen a la retórica y garantizando que “esta idea de unión occidental entre Europa y Estados Unidos se traduzca concretamente en proyectos y en cooperación”, observa la diputada de la FdI, Ylenja Lucaselli. El debate ofrece ideas concretas sobre cómo lograr este “punto de inflexión” en la práctica. En el ámbito económico, esto va desde el abandono por parte de Europa de un enfoque hiperregulador que no favorece la innovación y la comercialización, hasta un mayor compromiso con el crecimiento de las inversiones privadas y una mayor cooperación con los llamados hiperescaladores, es decir, aquellos proveedores de servicios que gestionan enormes centros de datos.

En las áreas de estrategia y gestión de riesgos, la consigna es fortalecer la resiliencia de las infraestructuras digitales y las cadenas de suministro de tecnología, invirtiendo no solo en activos estructurales sino también, quizás sobre todo, en capital humano.

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