Un equipo de Stanford lo explica Naturaleza desde el 7 de enero, ya que imita la piel de algunos cefalópodos que, al cambiar de textura y color, les permite camuflarse con una apariencia cercana a su entorno. La clave es un polímero que se hincha más o menos en agua dependiendo de la dosis de electrones recibida aguas arriba.
El ancho de las protuberancias varía de micrómetros a milímetros, lo que permite estructurar la superficie y cambiar sus colores. Para demostrarlo, los investigadores “imprimieron” el relieve de una roca de California, el logo de su universidad y estampados coloridos que imitan las sombras y patrones de un fondo. Creen que su superficie podría servir como cubierta para que los robots blandos los camuflen, pero también permitirían el desarrollo de componentes ópticos novedosos y rápidamente reconfigurables.
De hecho, los cambios son reversibles en poco tiempo. Además, el uso de un disolvente distinto del agua, como el alcohol, detiene la hinchazón y añade otra palanca de acción. Un sistema de microfluidos que mezcla agua y alcohol le permite cambiar rápidamente la apariencia de la superficie.