Sólo el nombre te hace sonreír. “La Marrade”, una exposición con una explosiva escenografía violeta –el color de las sufragistas que se ha convertido en el color de las luchas feministas– tiene lugar en los espacios utópicos del LAAC (Lieu d’art et action contemporain), surgido del suelo de Dunkerque (Norte) en los años 1970 y se abre al paisaje. El museo, que lleva varios años intentando feminizar sus colecciones y exposiciones, invitó a la historiadora del arte Camille Paulhan, conocida por su pasión por los temas incongruentes y su humor, a explorar un campo poco debatido y contraintuitivo: el humor y la autodesprecio en el arte de los artistas visuales de los años 1970, a pesar de que las activistas feministas de la época eran más bien percibidas como hoscas y agresivas.
Para su investigación, la curadora volvió a los orígenes de la representación de la risa entre las mujeres, y se interesó por el punto de inflexión que representó la segunda ola del feminismo de los años 1970 en el uso del humor en las luchas. Esta doble investigación sobre el origen de la risa femenina ofrece una sabrosa introducción. Del mito grecorromano de Baubô, referido a la obscenidad, al episodio moralizante de la risa de Sara en la Biblia, pasando por las caricaturas del siglo XIX.Y siglo, cuando las feministas de la primera ola exigían el derecho al voto, las representaciones del arte occidental de mujeres riendo o haciendo reír a la gente eran poco halagadoras.
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