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La guerra en Irán es un terremoto cuyas réplicas se sienten ahora en todo el planeta. El viernes, el precio de referencia del barril Brent era de 112,19 dólares, tras haber rozado los 120 dólares la víspera. Según un informe reciente de Oxford Economics, si cruzara la marca de los 140 dólares, la economía mundial caería en una recesión leve, y el PIB mundial se contraería un 0,7% a finales de año.

En Europa las consecuencias de esta nueva crisis energética ya son visibles. En todas partes el precio en el surtidor se ha disparado. La respuesta a este minishock es fragmentaria. Si Francia ha elegido el status quo, nuestros vecinos han tomado medidas para apoyar a los consumidores. España anunció el viernes un plan de emergencia que incluye la reducción del IVA sobre la gasolina (del 21% al 10%) y subvenciones específicas para los sectores más afectados (transporte por carretera, agricultura). Antes de Madrid, Italia había emitido un decreto que preveía una reducción de 25 céntimos de euro por litro de diésel y gasolina durante tres semanas.

En Asia, la otra parte del mundo más afectada, los estados han implementado medidas mucho más drásticas. En Tailandia, para ahorrar energía, en las administraciones es imposible regular el aire acondicionado por debajo de los 26°C. En Filipinas, los funcionarios han cambiado a una semana laboral de cuatro días, nuevamente para evitar desperdiciar dinero. En Sri Lanka se ha implementado el tráfico alternativo. El gobierno espera reducir el consumo de combustible en un 20%.

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