JAMientras la guerra en Sudán entra en su cuarto año, la violencia, la destrucción y la indiferencia de la comunidad internacional continúan devastando el país y provocando una catástrofe humanitaria indescriptible. De una población de 44 millones de personas, una cuarta parte ha sido desplazada por el conflicto o forzada a refugiarse en países vecinos y más de 25 millones de personas viven hoy en la pobreza extrema, a veces reducidas a comer pieles de animales o cortezas de árboles para sobrevivir.
La guerra acabó con pueblos enteros. Algunos grupos étnicos son sistemáticamente exterminados. Es imposible evaluar la magnitud del conflicto: las pocas estimaciones disponibles hablan de 160.000 muertos, pero la realidad podría ser mucho más oscura. Las mujeres, en particular, son víctimas de la violencia más bárbara: son violadas, crucificadas y reducidas a la esclavitud.
Este cataclismo no es fruto de la casualidad: podría haberse evitado. Y hoy sigue estando alimentada por la codicia ilimitada de todos aquellos que se benefician de ella. Durante demasiado tiempo el pueblo sudanés ha sido víctima del colonialismo global. A pesar de todas las revoluciones que dirigió, las élites gobernantes se mantuvieron en su lugar.
Desde la independencia en 1956, los sudaneses han sido efectivamente gobernados por agentes del colonialismo. Lanzaron seis revoluciones contra generales que servían a los intereses coloniales a cambio de armas y poder. En vano. En todos estos años, los inmensos recursos del país (petróleo, oro, minerales, goma arábiga, productos agrícolas y ganaderos) no han hecho más que provocar crisis. No trajeron ninguna prosperidad a la población.
Inacción internacional
La revolución de 2018, en la que toda una generación de jóvenes sudaneses salió a las calles para exigir libertad, paz y justicia, encendió un rayo de esperanza. El régimen de Omar Al-Bashir, que había gobernado con mano de hierro durante treinta años, fue finalmente derrocado. Pero la transición democrática terminó abruptamente. Las divisiones entre civiles y militares han resurgido: los generales Al-Bourhane y “Hemetti” (Mohammed Hamdan Daglo) dio un golpe de estado, envió al primer ministro y a su gobierno a prisión e impuso el estado de emergencia. La comunidad internacional se destacó por su inacción: el Consejo de Seguridad de la ONU se abstuvo de condenar el golpe y prefirió creer, con un optimismo inepto, que las negociaciones con los señores de la guerra eran posibles.
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