La guerra olvidadaSudán se hunde en el mayor desastre humanitario de nuestro tiempo

Impulsada por los Emiratos, Rusia, Irán y Egipto, abandonada por el resto del mundo: en Sudán se produce una sangrienta tragedia que recibe poca atención. Una mayor desestabilización de la región también tendrá consecuencias para Europa.
La guerra en Sudán hace tiempo que se ha convertido en algo más que un simple conflicto regional. Amenaza la estabilidad de África Oriental, obliga a millones de personas a huir y abre nuevas zonas de influencia para potencias autoritarias. Que este sufrimiento reciba poca atención a la sombra de otras guerras no es sólo una expresión de opresión política: es un reflejo de un orden mundial que mira selectivamente dónde la compasión se vuelve inconveniente. Mientras el mundo observa a Gaza y Ucrania, Sudán se hunde en el mayor desastre humanitario de nuestro tiempo. Desde el 15 de abril de 2023, se libra allí una lucha despiadada por el poder entre las Fuerzas Armadas Regulares (SAF) del general Abdel Fattah al-Burhan y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) paramilitares dirigidas por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti. Una lucha interna por el poder se ha convertido en una guerra generalizada que ya ha obligado a huir a más de 13 millones de personas, una cifra que aumenta cada día.
El resultado humanitario es devastador. Según las Naciones Unidas, alrededor de 25 millones de personas (casi la mitad de la población) necesitan ayuda urgente. Más del 80% de los hospitales en zonas de combate han sido destruidos o cerrados y enfermedades como el cólera se están propagando sin control. Los precios de los alimentos básicos han aumentado más de un 200% y muchas regiones quedan aisladas de la ayuda humanitaria debido al saqueo o bloqueo de los convoyes. En Darfur, donde la violencia es particularmente brutal, los observadores hablan ahora abiertamente de genocidio.
Sin protección, sin cuidados, sin perspectiva
En particular, la ciudad de Al Fashir, último gran bastión del ejército regular en el oeste del país, se ha convertido en un símbolo de desesperación. Después de meses de asedio por parte de las RSF, se produjeron masacres, saqueos y desplazamientos étnicos. Las imágenes de satélite documentan el alcance de la destrucción y los testigos presenciales informan de ejecuciones arbitrarias. Ahora los supervivientes intentan huir a los pueblos de los alrededores, sin protección, sin suministros, sin perspectivas.
Como las RSF controlan ahora gran parte del sur y el oeste de Sudán, los observadores advierten sobre una división permanente en el país, un escenario similar al de Libia. A pesar de la magnitud de esta catástrofe, la reacción internacional sigue siendo sorprendentemente moderada. El Consejo de Seguridad de la ONU condenó el uso del hambre y la violencia sexual como armas de guerra en la Resolución 2736, pero no se han tomado medidas concretas. Hasta ahora sólo se ha prometido un tercio de la ayuda necesaria. Los países donantes, agotados por su participación en Ucrania y Medio Oriente, parecen haber renunciado a Sudán.
El conflicto amenaza desde hace tiempo con hacer estallar las fronteras del país. Los estados vecinos como Chad, Sudán del Sur y Egipto están bajo una presión cada vez mayor. Chad ya acoge a unos 900.000 refugiados, en su mayoría mujeres y niños. La situación del suministro en los campos es precaria.
Países poderosos detrás de las partes en conflicto
Una guerra geopolítica por poderes también se está librando detrás de los frentes. Se dice que los Emiratos Árabes Unidos suministran armas a las RSF y se benefician del contrabando de oro sudanés. Egipto e Irán apoyan al ejército regular, mientras que Rusia intenta conseguir un punto de apoyo permanente en el Mar Rojo con una base naval en Port Sudan. Aunque Arabia Saudita intenta mediar, persigue sus propios intereses de política de seguridad en el ámbito marítimo. Sudán se ha convertido desde hace mucho tiempo en el escenario de la política de poder global.
Para Europa esta guerra no es una crisis lejana. Berlín y Bruselas alertan de un nuevo movimiento de refugiados hacia el Mediterráneo. Muchos inmigrantes que esperan en Calais, Francia, para llegar a Gran Bretaña ya proceden de Sudán. Sin embargo, el compromiso de la Unión Europea sigue siendo limitado: el temor a otra operación de estabilización fallida, como en Afganistán o Mali, paraliza la capacidad de actuar políticamente.
Además de la tragedia humanitaria, existe la amenaza de una pérdida cultural en una escala que difícilmente puede cuantificarse. Museos, archivos y sitios antiguos yacen en ruinas. Los arqueólogos alemanes informan de excavaciones saqueadas en Naga y Meroe, los restos del antiguo imperio Kush. La UNESCO advierte sobre la “ruina cultural” en el país.
Sin embargo, en medio del horror, hay señales de valentía y humanidad. Redes locales de mujeres, médicos y ancianos de aldeas organizan ayuda de emergencia en ciudades sitiadas, documentan crímenes de guerra e intentan mantener la cohesión social. Su trabajo es un acto silencioso de resistencia contra el colapso de la civilización.
La guerra en Sudán hace tiempo que se ha convertido en algo más que un simple conflicto regional. Amenaza la estabilidad de África Oriental, obliga a millones de personas a huir y abre nuevas zonas de influencia para potencias autoritarias. El hecho de que este sufrimiento reciba poca atención a la sombra de otras guerras no es sólo una expresión de opresión política: es un reflejo de un orden mundial que analiza selectivamente dónde la compasión se vuelve inconveniente.