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Europa se derrumbó bajo los golpes de la Primera Guerra Mundial, cuando los grandes imperios multiétnicos dieron paso al nacionalismo, dando lugar a un nuevo orden mundial que el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, soñó como paz. En cambio, muy rápidamente cayó en un estado de guerra permanente, perfecto para conducir a una nueva guerra mundial y a nuevas autocracias más crueles, como las estalinistas y soviéticas. Es en este caldero de violencia donde el historiador Eugenio Di Rienzo pesca para llevar al lector a descubrir los Corazones de las tinieblas (Neri Pozza, 400 páginas, 30 euros) de los nuevos señores de la guerra que soñaban con convertirse en reyes. El volumen narra las epopeyas desesperadas de estos aventureros, héroes, soñadores, verdugos, en definitiva “hijos de un dios menor” y como tales incontenibles. Entre empresas a veces nobles, a veces llenas sólo de violencia infame. Parábolas que se sitúan a medio camino entre los tristes hechos de Kurtz, el protagonista de la novela El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, y los contados por Kipling en El hombre que quiso ser rey. Hay figuras como Pyotr Nikolaevic Vrangel’, líder supremo del Ejército Blanco, que lucha contra el Ejército Rojo bolchevique, que transformó Crimea en un estado autónomo. O William Francis de Habsburgo-Lorena, miembro de la casa gobernante que dominó el imperio europeo más antiguo, a quien le gustaría convertirse en gobernante de Ucrania. Y Roman von Ungern-Sternberg, otro general blanco que ocupó parte de Mongolia en febrero de 1921. Y nuevamente Ismâil Enver, Ministro de Guerra del Imperio Otomano, que acaricia el espejismo de izar el estandarte de la luna creciente sobre un hipotético emirato de Turkestán. Pero también está Gabriele d’Annunzio quien, después de salvar Fiume de la invasión eslava, decide crear un ducado independiente del tan despreciado reino de Saboya.

Pero en la diversidad, todos dieron carne, sangre y armas a una profecía de Ernst Jünger: “La Gran Guerra no fue el final, sino

el comienzo de una nueva violencia, la fragua en la que se configurará un mundo con nuevas fronteras y nuevas comunidades, donde habrá que llenar de sangre nuevos moldes y donde el poder se ejercerá con mano de hierro.

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