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Casi 3 millones de franceses pueden utilizar el transporte público urbano sin gastar una fortuna. Sin duda habrá aún más después de las elecciones municipales del 15 y 22 de marzo, han sido muchas las propuestas para que el transporte urbano sea gratuito, al menos en parte. Para los más jóvenes en Aix-Marseille (Martine Vassal, varias derechas) o en Toulouse (François Briançon, Partido Socialista, PS), para todos en Brest (Cécile Beaudouin, La France insoumise), para los mayores de 60 años en Niza (Christian Estrosi, Horizons), para aquellos con ingresos inferiores a 2.500 euros en Lyon (Jean-Michel Aulas, centro y derecha) o durante el fin de semana en Saint-Étienne (Régis Juanico, PS). Etc.

Escuchando a estos candidatos durante la campaña electoral, uno tiene la impresión de que decidir hacer gratuito el transporte público es una revolución, una transición de un modelo a otro, independientemente del público involucrado. De hecho, es la culminación de un largo proceso durante el cual se redujo al mínimo el importe pagado por el usuario del transporte urbano. Según el Tribunal de Cuentas, que publicó un informe al respecto, en septiembre de 2025, la relación entre los ingresos por la venta de billetes y los gastos de gestión, denominados “R/S”, era del 71% en 1977 y sólo del 33,1% en 2019 (si excluimos Isla de Francia, donde es del 45,3%). “El muro que queda por superar (para ir completamente gratis) ya no es muy alto »resume Arnaud Passalacqua, profesor de Planificación Urbana y copresidente del comité científico del Observatorio de la Ciudad del Transporte Libre.

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