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Por Véronique Chabourine, analista estratégica

En la 62ª Conferencia de Munich en febrero, las declaraciones estadounidenses reflejaron una evolución en el discurso transatlántico. El Secretario de Estado Marco Rubio pidió “construir un nuevo siglo occidental”, subrayando la necesidad de que los aliados europeos fortalezcan sus capacidades de defensa y afirmando que Estados Unidos está listo, “si es necesario”, para actuar solo. Su discurso enfatizó la soberanía, el control fronterizo, la reindustrialización y la seguridad de las cadenas de suministro críticas. Estos comentarios se producen en un contexto ya tenso, marcado por las críticas estadounidenses a la evolución del modelo europeo, los debates públicos sobre el futuro de Occidente y las tensiones en torno a Groenlandia. En reacción, la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, rechazó la idea de un debilitamiento de la civilización europea, mientras que Ursula von der Leyen recordó la existencia y el alcance de la cláusula de defensa mutua entre los Estados miembros prevista en el artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, subrayando así el marco específico de solidaridad de la Unión.

La Conferencia de Munich constituye históricamente un espacio de señalización estratégica. Aunque no produce decisiones formales, permite a los poderes expresar públicamente sus orientaciones y estructurar las expectativas de sus socios. La estabilidad de la arquitectura occidental se ha basado durante mucho tiempo en esta función implícita: confirmar la continuidad de los compromisos y la previsibilidad del marco estratégico. En 2026, no será la función de la conferencia la que evolucionará, sino la naturaleza de la señal emitida. La fórmula según la cual Washington “no tiene ningún interés en ser los guardianes educados y ordenados del declive controlado de Occidente” introduce una dimensión más condicional en la expresión de los compromisos.

Estados Unidos no cuestiona sus capacidades. Pero al cambiar el registro de su compromiso, transforman las anticipaciones en las que se basa la arquitectura transatlántica. Sin embargo, la estabilidad no depende sólo de las capacidades disponibles; se debe a la continuidad percibida del marco en el que se insertan. En Munich la cuestión no es sólo la de las capacidades de defensa, sino la del marco estratégico en el que encajan esas capacidades. Lo que está en juego es un cambio en la señal emitida por un actor clave del sistema y, por tanto, en el grado de previsibilidad vinculado a sus compromisos. En un entorno interdependiente, la estabilidad depende tanto de la continuidad percibida de las garantías como de los medios mismos. El poder proviene no sólo de la acumulación de recursos, sino de la capacidad de estabilizar las expectativas. En concreto, la previsibilidad de los compromisos permite a los Estados planificar sus inversiones en capacidades a lo largo de varios años, a los fabricantes proteger sus cadenas de producción y a los aliados organizar sus dispositivos militares en torno a un marco percibido como estable. Cuando el comportamiento de un actor central es legible y constante, los socios organizan sus decisiones económicas, industriales y estratégicas en torno a este marco. Por el contrario, introducir incertidumbre sobre la continuidad de los compromisos aumenta la cautela de los inversores y hace que las decisiones a largo plazo sean más costosas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) destaca que las crecientes tensiones geopolíticas y la incertidumbre política están provocando una contracción de los flujos de inversión y un aumento de la volatilidad financiera: la incertidumbre tiene un coste mensurable. Esto no quiere decir que una declaración en Munich causaría una conmoción inmediata. Pero la repetición de señales más condicionales cambia gradualmente las expectativas. En el corto plazo, una actitud más impredecible puede aumentar el margen de negociación de un actor importante. En el mediano plazo, cuando esta incertidumbre afecta a la estructuración de compromisos, los socios tienden a internalizar el riesgo, diversificar sus dependencias y fortalecer sus capacidades. A largo plazo, si esta evolución continúa, son las propias dependencias las que se reconfigurarán: no mediante un repentino debilitamiento de las capacidades, sino mediante un cambio gradual en los centros de gravedad estratégicos. Esta dinámica pone de relieve una tensión creciente entre el corto plazo de las decisiones políticas y el largo plazo de las arquitecturas de poder: lo que puede parecer racional en la escala de un mandato puede producir, en el largo plazo, efectos estructurales que exceden el horizonte de responsabilidad de quienes lo inician.

Mónaco 2026 arroja luz sobre un mecanismo clásico de la arquitectura del poder: la modificación de una señal estratégica reconfigura las anticipaciones. La Unión Europea ya parece estar sufriendo las consecuencias de este desarrollo. Según datos del Servicio de Investigación del Parlamento Europeo (EPRS), el gasto general en defensa de los Estados miembros aumentó más del 30% en términos reales entre 2021 y 2024, alcanzando alrededor de 343 mil millones de euros en 2024, o casi el 1,9% del PIB de la UE. Se espera que superen los 380 mil millones de euros en 2025. El programa anunciado para 2030, que prevé hasta 800 mil millones de euros en inversiones movilizables, no es una obligación legal para la puesta en común total, sino un marco de incentivos destinado a impulsar de manera sostenible la inversión, consolidar la base industrial de Europa y promover compras más coordinadas. No se trata tanto de una retirada transatlántica como de un reequilibrio hacia una interdependencia europea menos asimétrica, basada en capacidades fortalecidas y una cooperación ampliada en el Reino Unido, Noruega o con otros socios que comparten los mismos estándares. Queda un desafío decisivo: el ascenso del poder europeo sólo será verdaderamente estructural si va más allá de la suma de estrategias nacionales. El aumento de los presupuestos no garantiza ni la coherencia industrial ni la integración estratégica. Sin una mayor distribución de las compras, la consolidación de las cadenas de valor, una interoperabilidad real y mecanismos de toma de decisiones más rápidos, el riesgo sigue siendo el de una costosa fragmentación en lugar de una autonomía efectiva.

El poder sostenible no se mide sólo por la capacidad de actuar, sino por la capacidad de estructurar anticipaciones.

  • Susan Strange, Estados y mercados, 1988.
  • Fondo Monetario Internacional (FMI), Perspectivas de la economía mundial,
  • Servicio de Investigación del Parlamento Europeo (EPRS), Financiación de la defensa de la UE, 2025.
  • Comisión Europea, comunicaciones sobre el plan para fortalecer la industria europea de defensa y sobre los instrumentos financieros movilizables para 2030, 2024-2025.

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