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“Vivimos entre alarmas, la ansiedad oscurece el futuro y esperamos un nuevo desastre con cada periódico que leemos” decía el decimosexto presidente de Estados Unidos Abraham Lincoln hace ya un siglo y medio. Los italianos somos especialistas en este campo. Especialmente con esta oposición, vivimos en un estado de alarmismo perpetuo. “Con el gobierno de derecha la delincuencia aumenta”, escuchamos todos los días para descubrir ayer, con los datos en la mano, que es todo lo contrario, que la delincuencia está disminuyendo. Tomemos como ejemplo los aranceles aduaneros, una horrible medida decidida por Donald Trump: “Al ceder ante su amigo el presidente, Meloni nos está llevando a la ruina”, tal ha sido el estribillo de los últimos meses. Pero los datos dicen lo contrario, incluso (no está claro cómo ni por qué) – esto también es noticia de ayer – las exportaciones italianas a Estados Unidos aumentaron en más de un treinta por ciento. Con la alarma del fascismo nos rompieron los tímpanos, pero el único fascismo que circula es el de sus jóvenes amigos que, también ayer, destruyeron las ciudades y golpearon a la policía. ¿Y qué pasa con la preocupación por la libertad de información amenazada por la derecha? Que hablemos tanto de ello y en todos los foros -una contradicción evidente- que da lugar a la mala idea de que un poco de censura de vez en cuando no sería un mal absoluto. Sí, ¿y qué decir de la alarma “esta reforma de la justicia quiere someter a los magistrados al gobierno”? Que en el texto no hay una sola línea, ni siquiera una palabra, ni siquiera una coma, que permita siquiera imaginar tal hipótesis. Una de las últimas alarmas, por orden cronológico, es la relativa al oro: “También quieren gravar las joyas de la familia”, lo que sí sería grave si fuera cierto. Excepto que ese no es el caso, nadie jamás imaginó tener que lidiar con joyas y cosas así. Me imagino el cansancio de quien se levanta cada mañana y tiene la tarea de inventar y hacer sonar la alarma del día. Y también el de todos estos desafortunados – comentaristas, parlamentarios y redes sociales inactivos – obligados a preparar la crema, inspirándose, resulta, en Wikipedia, la biblia de la izquierda políticamente correcta.

La moraleja de la fábula está precisamente en una fábula, la de Esopo sobre “al lobo, al lobo”: aquellos que mienten demasiado a menudo no son creídos, incluso cuando – como el reloj roto que da la hora dos veces al día – siempre dicen la verdad.

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