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El llamado Decreto de San Valentín de 1984, lanzado por el primer gobierno de Craxi y pasado a la historia como uno de los actos más significativos y valientes de la política económica italiana, todavía nos interpela hoy con una fuerza sorprendente. En una época convulsa como la nuestra, marcada por la compresión salarial, los temores de un retorno de la inflación y una fuerte inestabilidad global, esta decisión tomada a contracorriente, contando con la capacidad del país para comprender la necesidad de una política de desarrollo fuerte e innovadora, aparece décadas después como un punto de referencia inevitable. Esta disposición, conocida como el decreto que intervino en la “escalera mecánica” reduciendo sus mecanismos automáticos, marcó un punto de inflexión en la lucha contra la inflación. Se trata de una elección muy dura, impopular por definición, que tiene sin embargo el mérito de hablar de futuro e indicar a la nación una perspectiva de posible crecimiento. El desafío más difícil no era romper la inercia del sistema, sino construir el futuro interviniendo con decisión y dando un salto cualitativo a la credibilidad de la respuesta pública en un país que corría el riesgo de hundirse en la inacción. No fue así. De lo contrario. De hecho, el peligro se evitó gracias a esta elección que encendió el debate nacional, dividió el frente social y político, provocó protestas, tensiones, rupturas sindicales y desembocó en un referéndum marcado por un feroz enfrentamiento con el PCI y la parte maximalista y mayoritaria de la CGIL, pero que, contra todas las expectativas, confirmó la línea del gobierno, transformando una decisión impopular en una prueba de confianza colectiva.

Aquí, recordar hoy esta elección de hace cuarenta y dos años, contextualizarla en la fase histórico-política en la que vivimos, significa comprender cuán urgente es redescubrir este espíritu, cuán indispensable es la capacidad de tomar decisiones que no persigan lo inmediato sino que tracen una dirección, incluso cuando parezca inconveniente hacerlo. Esto significa recordar que no hay política sin visión, ni reformas sin valentía. Por tanto, el aniversario del decreto no es un ejercicio de memoria sino una advertencia para el presente. Es el llamado a una política que sepa afrontar las transformaciones del trabajo, las fragilidades sociales, las brechas generacionales y los nuevos desafíos de la economía global. Es una invitación a no limitarnos a gestionar lo que ya existe sino a construir alternativas concretas y sostenibles. Este decreto que Craxi aprobó en el día simbólico de San Valentín, un gesto de amor hacia Italia y los italianos, sigue siendo un ejemplo de cómo la política puede influir verdaderamente en el destino de los ciudadanos cuando asume la responsabilidad de decisiones difíciles. No es un modelo que deba reproducirse mecánicamente, sino más bien una lección de método que nos sugiere a todos, aquellos impulsados ​​por el deseo de tener un verdadero impacto, mirar hacia el futuro, incluso cuando la conveniencia del momento parece sugerir lo contrario. Pero, en general, la moraleja más fuerte que desafía el paso de décadas es que sin ideas, la política muere.

Sin coraje, la política abandona su tarea. Y sin la capacidad de mirar hacia el futuro, ninguna reforma podrá construirlo.

*Senador de Forza Italia y Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores y Defensa del Senado

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