1755759788-ajax-request.jpg

Recuerda los increíbles minutos del 16 de julio, cuando ya estaba a bordo del avión que lo llevaría a Londres con su hijo, y la patrulla de la Guardia di Finanza había venido a ordenarle que se bajara: en esos momentos, Manfredi Catella se había enterado de que el fiscal lo acusaba de corrupción y quería arrestarlo, designándolo como el jefe de una cúpula de constructores y políticos. A partir de ese momento comenzó lo que hoy define como “una de las pruebas de estrés más profundas que podamos imaginar”, la brutal transición del papel indiscutible de rey de los ladrillos y el cemento milanés al de sospechoso candidato a ser detenido. Una perspectiva que se materializó dos semanas después, a pesar de las dos horas empleadas para intentar convencer al juez: la mañana del 31 de julio llegó la policía financiera y lo arrestó.

¿Y ahora? El fracaso de la acusación del fiscal de Milán ante el Tribunal de Casación no tomó a Catella por sorpresa. Ya el 22 de agosto, cuando la Revista revocó su arresto domiciliario, entendió que el juego se había reabierto. Regresó a la oficina como un hombre furioso, más enfurecido que aliviado, se hizo cargo de todas las delegaciones operativas, convocó a varios actores, a los grandes inversores, sin cuyo apoyo su creación Coima, su vórtice inagotable de obras de construcción, corría el riesgo de quedarse sin oxígeno. Pero también está decidido a poner fin a la batalla contra quienes le hicieron acusaciones que consideraba sin ton ni son. Hoy, tras la sentencia del Tribunal Supremo, la batalla continúa. Catella dio su reacción oficial contundente, el jueves por la mañana, en una declaración durísima, dirigida una vez más a sus financistas, “queridos interesados”: recordando que, una tras otra, cada vez que las acusaciones de los fiscales llegaban a su mesa, hasta once jueces las habían rechazado, “desafiando las tesis y exigencias de la Fiscalía”. Así que eso es todo, silencio. Ayer Catella estaba en la empresa, fuera del alcance de los periodistas. Pero explica algo sobre su estado de ánimo a quienes trabajan a su lado: “La justicia – dice – debe seguir su curso y las instituciones deben seguir siendo pilares de la civilización. En nuestro caso, las evaluaciones hasta el nivel supremo del Tribunal de Casación reconocieron nuestra no implicación en las acusaciones, incluso si tuvimos que pasar una prueba extrema de resiliencia. A nivel de todos nosotros en Coima, fue una experiencia inesperada y exigente, pero también generativa”.

Resiliencia es la palabra clave, como diciendo: pensaste que me estabas debilitando, pero al contrario me fortaleciste. Detrás de esto se esconde una reivindicación orgullosa e incondicional de su papel en el desarrollo de Milán, la acusación – contenida en el libro que está escribiendo y del que publicará un capítulo el lunes – de que la investigación de Milán ha afectado a empresas que gestionan “más de 40 mil millones de euros en inversiones inmobiliarias en Italia y que representan los principales inversores a nivel mundial con activos que superan con creces los 5 billones de euros”. Y a la verdadera acusación que le formula la fiscalía de Milán, la de ser el principal culpable de la transformación de Milán en una ciudad para ricos, responde con cara dura: “No será la retórica de los rascacielos y de los residentes extranjeros ricos, ni la acusación del mercado como chivo expiatorio lo que generará ciudades inclusivas”.

About The Author