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(Adnkronos) – La muerte del líder supremo iraní Ali Khamenei en un ataque israelí ha puesto en primer plano una cuestión a menudo subestimada: las infraestructuras digitales de las ciudades (cámaras, sensores, redes de gestión urbana) no son simples herramientas destinadas a mejorar la movilidad o la eficiencia energética. También pueden convertirse en plataformas de inteligencia estratégica.

Según Rosario Cerra, presidenta del Centro de Economía Digital, el caso de Teherán demuestra hasta qué punto las ciudades inteligentes son hoy parte integral de la competencia geopolítica y la seguridad nacional. En esta entrevista con Adnkronos, explica por qué las ciudades inteligentes representan un nuevo campo de batalla tecnológico y por qué Europa debe construir su propia soberanía tecnológica.

¿Qué revela la operación que llevó a la muerte de Ali Jamenei?

Esto revela algo que los expertos en seguridad saben desde hace mucho tiempo: las infraestructuras digitales de las ciudades también son herramientas estratégicas de vigilancia. En el caso de Teherán, no solo sorprendió la precisión de los misiles, capaces de alcanzar objetivos extremadamente pequeños a más de mil kilómetros de distancia. La verdadera sorpresa es lo que ocurrió años antes, de forma silenciosa: casi todas las cámaras de tráfico de la capital iraní fueron pirateadas y sus imágenes transmitidas en tiempo real a servidores externos.

Esto nos permitió construir lo que la inteligencia define como un modelo de vida: un mapeo continuo y granular de cómo una ciudad se mueve, respira y se organiza. Cuando conoces una ciudad como la calle en la que creciste, cualquier anomalía se vuelve inmediatamente visible.

Las ciudades inteligentes se crean con objetivos muy diferentes: movilidad, sostenibilidad, servicios urbanos.

Ninguno de estos objetivos está mal. Las ciudades inteligentes prometen semáforos inteligentes, sistemas de seguridad más eficientes, redes de sensores para energía y plataformas integradas para servicios públicos. El hecho es que estas infraestructuras pueden hacer mucho más. Una cámara en una intersección no sólo ve coches: ve caras, comportamientos recurrentes, anomalías. Cuando se conecta a sistemas de reconocimiento facial y análisis de redes sociales, se convierte en un nodo de recopilación de inteligencia. Multiplicamos eso por miles de dispositivos y obtenemos una plataforma de vigilancia persistente sobre toda la población urbana.

Usted afirma que existe un riesgo aún más insidioso que el que apareció en Teherán.

El hecho de que el riesgo pueda incorporarse al propio sistema. En Teherán, un actor externo hackeó la infraestructura. Pero ¿qué sucede cuando el fabricante de infraestructura tiene obligaciones legales con un gobierno extranjero y su aparato de inteligencia?

El caso más conocido es el de China. Desde 2017, una ley nacional de inteligencia exige que las empresas apoyen y cooperen con las actividades de inteligencia del Estado. Esta obligación se aplica a todas las empresas sujetas a la jurisdicción china, independientemente de dónde estén instalados sus productos.

Se trata de empresas como Huawei, Hikvision, ZTE y Dahua, que han instalado infraestructuras de seguridad urbana en más de un centenar de países. En muchos casos, estos sistemas constituyen la columna vertebral de la videovigilancia urbana y también se gestionan de forma remota.

En su informe sobre la economía de alta tecnología, usted sostiene que la tecnología se ha convertido en una cuestión de poder geopolítico. ¿Cómo encajan las ciudades inteligentes en este paradigma?

En nuestro informe sostenemos que la tecnología ya no es sólo un factor de producción o un servicio habilitante. Se ha convertido en el eje alrededor del cual giran la soberanía y la importancia geopolítica de las naciones.

La ciudad inteligente hace que esta dinámica sea muy concreta. La infraestructura urbana digital (cámaras, sensores, redes de conectividad y plataformas de gestión de datos) no es solo un servicio municipal. Es el nodo físico de la economía de alta tecnología: el punto donde se unen la recopilación de datos, los algoritmos y el control en tiempo real.

Los datos que genera una ciudad inteligente no son datos municipales. Constituyen una representación dinámica del funcionamiento de una nación, sus vulnerabilidades y la forma en que operan quienes toman las decisiones.

Esto nos lleva al tema del doble uso. ¿Las ciudades son parte del perímetro de seguridad nacional?

Exactamente. El concepto de uso dual (tecnologías civiles que también pueden utilizarse en el ámbito militar o de seguridad) existe desde hace algún tiempo. Pensemos en la industria aeroespacial o la criptografía. La diferencia hoy es la escala. Las tecnologías de doble uso ya no se limitan a sectores industriales altamente especializados. Están en los semáforos, en las estaciones de tren, en los hospitales, en los aparcamientos.

Como resultado, el perímetro de seguridad nacional se ha trasladado a las ciudades. No en las fronteras ni en las bases militares, sino en la infraestructura urbana cotidiana.

¿Las administraciones locales son conscientes de esta dimensión?

A menudo no. Cuando un municipio adquiere sistemas de videovigilancia o plataformas de gestión urbana cree que está tomando una decisión técnica o presupuestaria. En realidad, está tomando una decisión de seguridad nacional.

El problema es que muchos gobiernos locales carecen de las habilidades y los marcos regulatorios para evaluar el riesgo geopolítico de estas opciones.

En los últimos años, varios países han comenzado a prohibir determinadas tecnologías.

Este es un paso necesario pero no suficiente. Estados Unidos ha prohibido las compras federales de productos Hikvision y Dahua. Australia ha retirado estas cámaras de edificios gubernamentales sensibles. El Reino Unido ha obligado a Huawei a retirarse de las redes 5G. India también está fortaleciendo los controles sobre las cámaras importadas.

El problema es que estas medidas muchas veces llegan tarde: la infraestructura ya está instalada y sigue funcionando. Y muchas autoridades locales no entran en las categorías cubiertas por las prohibiciones.

¿Cuál es entonces el verdadero desafío para Europa?

El desafío no es sólo defensivo. No basta con prohibir o eliminar tecnologías riesgosas. Debemos construir un ecosistema alternativo sólido y competitivo, basado en alianzas con socios confiables.

Europa debe dejar de ser un simple mercado para tecnologías desarrolladas en otros lugares y convertirse en un actor en su diseño, con arquitecturas abiertas, auditorías independientes y una gobernanza transparente.

Invertir en una industria europea de seguridad urbana no es sólo una cuestión económica: es un posicionamiento geopolítico.

En concreto, ¿qué deberían hacer hoy los gobiernos europeos?

Se necesitan intervenciones en tres niveles.

El primero es regulatorio: las licitaciones públicas para infraestructuras de vigilancia urbana deben incluir criterios de riesgo geopolítico similares a los utilizados para el 5G.

El segundo es arquitectónico: los sistemas de ciudades inteligentes deben diseñarse teniendo en cuenta los principios de seguridad desde el diseño, con cifrado de extremo a extremo, separación de redes y localización de datos.

El tercero es estratégico: Europa debe invertir en el desarrollo de sus propias capacidades tecnológicas, en lugar de simplemente excluir a sus competidores. La soberanía tecnológica proactiva significa tener alternativas creíbles que ofrecer.

¿Hemos entrado en la paradoja de la ciudad inteligente?

Cuanto más inteligente, más conectada e integrada se vuelve una ciudad, más transparente se vuelve. Y en un contexto geopolítico hostil, la transparencia puede convertirse en vulnerabilidad. En Teherán, las cámaras eran también los ojos de los demás. En cualquier otra ciudad del mundo podría pasar lo mismo, sin necesidad siquiera de un ciberataque. Porque es posible que la puerta ya esté abierta desde el interior. (por Giorgio Rutelli)

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