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Hay quienes nacen en el mito y quienes aprenden a sobrevivir a través del mito. Hoy, 12 de marzo, Liza Minnelli cumple 80 años y lo celebra con una nueva memoria y el Lifetime Achievement Award otorgado por Glaad, la asociación de la comunidad LGBTQ+, que siempre la ha considerado uno de sus iconos más queridos y que quiso celebrarla en vísperas de su cumpleaños.

Pocos artistas encarnan mejor el entretenimiento estadounidense que Minnelli, quien literalmente creció entre las brillantes luces de Hollywood como hija única de dos leyendas como Judy Garland y el director Vincente Minnelli.

Ayudada por el ADN (los ojos brillantes y la voz heredados de su madre) y por la red de amigos de sus padres, Liza apareció a los tres años en brazos de su madre en Novios desconocidos y se convirtió en una estrella mundial antes de los veinte gracias a Cabaret, la comedia musical de Bob Fosse que le valió un Oscar en 1973.

Pero la carrera de Minnelli no se detuvo en el cine: entre Broadway, la televisión y la música, Liza es una de las pocas artistas que ha ganado todos los grandes premios del espectáculo: Emmy, Grammy, Oscar y Tony, convirtiéndose en 1990 en la más joven en entrar en el exclusivo club “Egot”.

Una gran carrera, pero también una vida que parece sacada de un melodrama de Hollywood. Cuatro matrimonios, abortos espontáneos, ingresos a rehabilitación por abuso de alcohol y drogas, problemas de salud y, más recientemente, el derrame cerebral en 2024 que la ha confinado a una silla de ruedas desde entonces. Liza es una historia de caídas y ascensos (literalmente la de 2003 en Bolonia, en los días anteriores a Pavarotti y sus amigos, que la llevaron bajo el bisturí de los cirujanos ortopédicos Rizzoli) que cuenta hoy en las 500 páginas de Io, Liza, una autobiografía escrita con el pianista Michael Feinstein, uno de sus amigos más cercanos desde hace más de 40 años. El libro toma el relevo del documental Liza – A Truly Terrific Absolutely True Story: estrenado el 10 de marzo simultáneamente en todo el mundo también por Rizzoli.

Las memorias narran sus inicios en Nueva York, donde se mudó en 1961 cuando aún era un adolescente, su descubrimiento de la escena musical, sus veladas en Studio 54 y su ascenso como intérprete de música pop tradicional. Pero el libro también aborda tiempos difíciles: la presión de ser hija de Judy Garland, los divorcios, la soledad de la fama y la lucha contra las adicciones. “Libré una guerra contra lo que ahora llamamos trastornos por abuso de sustancias. Lo heredé de mi madre”.

Sin embargo, más que el relato de una tragedia, la autobiografía es una historia de resiliencia. Liza insiste en su capacidad para levantarse cada vez. “Si caigo, volveré a luchar. No os rindáis. Hay cosas buenas ahí fuera” porque “siempre puedes encontrar un arcoíris si sabes dónde buscarlo”: una filosofía que le ha permitido recorrer décadas de entretenimiento sin perder la ironía y la pasión creativa.

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