Durante meses, el término “contaminantes eternos” ha plagado los debates políticos. Los rastros en el agua potable, medidos por las ONG, han alimentado informes que provocan ansiedad, han motivado proyectos de ley para prohibiciones totales y han alimentado el entusiasmo de los medios. Culpados de numerosos males (cáncer, infertilidad, desastres ambientales), los PFAS se han convertido en el emblema químico de un mal moderno invisible. Sin poder responder algunas preguntas esenciales: ¿qué se encuentra realmente en el agua del grifo? ¿En qué cantidades? Y sobre todo: ¿supone esto un riesgo para la salud?
Publicado el 3 de diciembre, un informe de ANSES (Agencia Nacional de Seguridad Alimentaria, Ambiental y de Salud en el Trabajo) llena este vacío. Muy esperado, presenta…